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Terremoto que en sus ojos siento

 
 

Les costó llegar. No sentían las piernas ni los pies. Estaban exhaustos. Perdieron la noción de las horas que habían estado parados.

Les dolían las manos, y la espalda de mantenerse erguidos. Ella había perdido la voz, pero con sonidos roncos seguía repitiendo todo y en los oídos el eco persistía. Las lenguas pastosas se pegaban en el paladar, las imágenes recientes se amontonaban acelerándose en las retinas, se miraron sin decir nada, se vieron en los ojos del otro, sonreían felices.

Las plantas de los pies les latían, y el corazón persistía agitado horas después. Ella se enroscó bajo el brazo de él y pudo sentir que la piel de su brazo seguía erizada.

Apestaban a adrenalina y fervor. Se abrazaban, se olían, y no les importaba.

Se echaron en la cama sin fuerzas para lavarse, comer o hablar de lo acaban de vivir. Los dedos de la mano de ella se enredaron en los de él. Les costó cerrar los ojos, no lograban desacelerar los cuerpos. Ella tembló un instante y no fue de frío, él suspiró. Ambos se juntaron indisolubles.

Mañana descubrirían algunos moretones, algunos raspones de la corrida, algún rasguño en la ropa sudada. Las piernas iban a recordar los saltos, las gargantas las canciones y los gritos, las manos los aplausos.

Habían sido parte de algo más grande que ellos, que valía la pena, algo que los mantenía despiertos, conectados con otros. Sentían el cansancio gratificante de haber sido muchos, de haberse expresado, de haber luchado. No iba a ser la última marcha, y ellos le iban a seguir poniendo el cuerpo.

Se quedaron dormidos, tan hambrientos como satisfechos.

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LF30 pág. 10, 2009.
 
 

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