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Todos los días por los buenos aires suceden variados acontecimientos en distintos campos: en lo económico, si no se pagó parte de la deuda es que aumentó el dólar o hubo una baja en el MERVAL; en lo político, nuevas alianzas y rupturas, la sesión del congreso se suspendió y manifestaciones varias dieron el presente; en el deporte, el arte, la religión, la educación…
Pero, ¿qué pasó hoy?
Ah no viejo, eso es otra cosa.
En general se cree que comunicar es el arte de la objetividad, pero no, no es así, ni acá ni en ningún primer mundo. Más que un espacio de objetividad e intercambio de verdades la narración de los hechos es claramente un espacio de disputa. Y esto no incluye sólo a los medios de comunicación sino a todos los actores sociales que protagonizan los hechos (empresarios, corporaciones, políticos, instituciones, movimientos sociales, etc.).
Suele pensarse que la discusión tiene que ser una cosa respetuosa, elegante, de mucho diálogo y corrección, pero la arena es más bien la del circo romano, una arena de lucha en la que los actores, cada uno con sus intereses, pelean, como gladiadores, hasta la muerte del otro. Los sentidos están en disputa; los nombres y las palabras utilizadas hablan de diferentes interpretaciones que pretenden imponerse.
Bordelois (2005)* pone un ejemplo: cuando en Estados Unidos llamaron al ataque a las Torres un “atentado contra la libertad”, una periodista de allí prefirió nombrarlo como un “atentado contra el abuso de poder que ejercen contra el mundo”. Distintas interpretaciones de un hecho. Siguiendo con los ejemplos, pero ahora viniendo a nuestras costas, podemos ver que no es lo mismo nombrar a una ley “de Control de Medios” que “de Servicios de Comunicación Audiovisual”. El “control” no tiene buena prensa y sacarle “servicios” cambia la cosa. No es inocente tampoco referirse a la anterior como “ley de la dictadura” y a la nueva como “ley de la Democracia”: en ambos casos se la relaciona a formas de gobierno cargadas de sentido negativo o positivo antes de hablar del contenido.
Donde hay hechos, hay actores y hay relatos. Los modos de nombrar otorgan sentido y tienen que ver con los intereses de quienes lo hacen.
Para que todo esto pase desapercibido, es fundamental que nosotros pensemos poco: “La infantilización y la reducción del pensamiento critico que reclama la cultura del consumo van parejas con las de la cultura política capitalista” (Bordelois, 2005, p. 153). Fuerte y claro lo de Ivonne.
Pero si por el contrario frenamos un toque, pensamos críticamente qué, quién, cómo lo dice, la cosa es distinta. El cambio ya está empezando. En la narración de los hechos y los conflictos, en el darle sentido a los acontecimientos según nuestro criterio, es donde comienza la transformación.
* BORDELOIS, Ivonne (2005): “El país que nos habla”. Buenos Aires: Ed. Sudamericana.
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| LF30 pág. 04,
2009. |
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