« La Flecha 29 | Fractura expuesta
   
Azul Garcia, info@diariolaflecha.org artículo 6 de 8
 
 

CAMA AFUERA*

 
 

Las mujeres van llegando, se acercan al salón, preguntan si hay que pasar, piden permiso, ocupan su lugar en la ronda...

Lugar: Pacheco
Fecha: Miércoles, tres de la tarde.
La idea: Compartir un espacio semanal donde unas 15 mujeres del barrio, de entre 20 y 50 años, se reúnen para expresarse, pertenecer y crecer. Esta vez la propuesta era pensar y sentir juntas la vivencia que tenemos de nuestro propio cuerpo.

También llegan, como cada miércoles, las voluntarias que vienen del barrio vecino, de onda, a dar una mano, dedicadas y “amables”. Apenas llegan se escucha un grito en el medio del salón: “¡Hola chicaaaaas! ¿Cómo va la vida?” Supra simpáticas y estridentes, avanzan sobre el espacio entre besos ruidosos y “Hola, qué tul”.

Para empezar: contar quién soy, de dónde vengo. La ronda comienza tímida y se van nombrando las mujeres del barrio en sus cuerpos nerviosos, dubitativos: Rosa, Norma, Nelly... Va apareciendo cada una, dejándonos oír su voz y percibir su esfuerzo por compartir algo.

Pero una no quiere aparecer.

Mirta ocupa el rincón, callada, esconde la cabeza entre los hombros, la mirada en el suelo, trata de no estar. ¿Demasiado miedo? ¿Demasiada exigencia? ¿Demasiada exposición de su voz, de su cuerpo? Mirta es una hermosa mujer que pareciera no querer ser, no querer aparecer ni ocupar su espacio.

Escondida de sí misma huye del afuera, de las miradas y de los otros que demandan y amenazan con invadir su escondite. Pero en el grupo intenta expresar su existencia, se ríe muy nerviosa, trata de salir de esa invisibilidad que la defiende porque el clima es bueno y lo sugiere.

Ya va apareciendo... Avanza con su sonrisa extensa.

Aún no puede “decirse”... todas esperamos serenas para darle espacio, todo el que necesite para levantar la mirada y que sus brazos comiencen a moverse, sus manos acompañen, se incorpore sobre la silla y nos regale su voz y sus palabras.

Y entonces destruye el silencio e invade el espacio una de las voluntarias que viene del country de al lado, que haciéndose la graciosa, le dice: “Mirta, si no hablás no te pago el sueldo”.

Sin éxito, las risas forzadas intentan solapar lo siniestro.

La voluntaria muestra con desparpajo su rostro de patrona que asusta, inhibe, le roba la voz, le recuerda su opresión, hasta que, humillada, esa mujer y ese cuerpo desaparecen de nuevo.


* Basado en hechos reales. Los nombres y las circunstancias fueron modificadas
para no mandar tan al frente a las involucradas.


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LF29 pág. 08, 2009.
 
 

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