« La Flecha 27 | Cuestión de tiempo
   
Laura Milano, lauram@diariolaflecha.org artículo 5 de 7
 
 

YA LO DECÍA GALÁN

 
  Tucucu, Tucucu, Tucucu. 6.00 AM. Aseo y desayuno. ¿Llaves? Tengo. ¿Documentos? Tengo. ¿Plata? Tengo. Ok, puedo arrancar. Procedimientos repetidos que una y otra vez volvemos a hacer y sobre los que ajustamos cada vez más su eficacia y productividad. ¿A cuánto tiempo puedo reducir la llegada al trabajo?, ¿en cuánto tiempo puedo resolver un almuerzo?, ¿de qué manera puedo aprovechar los 20 minutos libres que tengo en la cola del banco? Sacarle el jugo a los momentos libres para usarlos de la manera más provechosa. Porque a nadie le sobra el tiempo, porque se nos va entre las manos, como granitos de arena.

Tic Tac, Tic Tac… la presión asciende. No alcanza con que camine, tengo que correr y  esquivar gente por la calle. El espacio tampoco se presta; cualquier interrupción demora la circulación por la ciudad. Permiso, permiso, permiso.

Levanto mi mano y pregunto: Señores, ¿qué nos estamos perdiendo con este ritmo?

Relajarse y disfrutar, dicen algunos a coro. Desde las revistas, las publicidades, los lugares de recreación, los libros de auto-ayuda, recomiendan la cultura del relax como solución total contra la vorágine del ocupadísimo/a hombre/mujer de ciudad. Sólo hay que relajarse, practicar yoga, irse unos días de descanso a las afueras de la ciudad, comer sano, beber bebidas saborizadas bajas en calorías. Y listo, alma curada.

Suena tan bien, tan reconfortante que casi cierra la cuestión con un moñito.

Y no, la verdad que no. No alcanza, no da paz. No sana, sólo encubre. La reclusión introspectiva light es tan engañosa como la vorágine cotidiana, ambas pasan de largo de todo. Es un bálsamo para los hombres atletas y esclavos de la ciudad.

Ya sea por ‘estar a las corridas’ o por ‘desconectarse y relajar’, el núcleo de la cuestión no pasa por la velocidad a la que van nuestros pies, sino a dónde van y frente a qué se detienen.

La manera en la que sentimos el tiempo como un omnipresente tic-tac que va a toda velocidad y el espacio como un lugar sólo de circulación, es síntoma de nuestra cultura. Cultura individualista y mecanizada, me faltó agregar. La vorágine y/o la filosofía del relax son hijas bien representativas de estos tiempos modernos, que ya no son graciosos como remate de payaso 1.

¿A dónde voy con esto?....calma, ya llego. La percepción del tiempo y espacio es una construcción social; y si de social hablamos es porque siempre involucra a un colectivo de personas. Ahí está la pieza que delata la verdadera pérdida en el marco de esta cultura: el abandono de lo que sucede a nuestro alrededor, el abandono del otro. Despojo de los momentos y los lugares para entrar en vínculo con las personas que nos rodean, ya sean cercanos o lejanos, conocidos o desconocidos.

En esta cultura, toda la potencia que tienen los vínculos sociales queda resumida a un contacto instrumental y vacío. Potencia que es increíblemente creadora, generadora de cambios, resistente, crítica. Es una gran pérdida. Porque lo punzante es que estamos convencidos de que nosotros no perdemos nada, sino que en este vertiginoso ritmo ganamos todo. Y si nos agarra el temor de estar entregando la vida al estrés, corremos al confort y al relax. Somos los mejores gestores de nuestra eficacia.

Pero, ¡ésto no cierra como con un moñito! Claramente, no hay recetas mágicas contra la vorágine cotidiana. Pero sí se puede pensar sobre cómo gestionamos nuestro potencial social. Y rompernos el coco para exponenciarlo. 

1 Charles Chaplin realizó en 1936 la película Tiempos Modernos, donde retrata en forma paródica y muy divertida la vida de un obrero dentro de una gran fabrica.


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LF27 pág. 08, 2009.
 
 

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