| Sentado en el cordón de la vereda, trataba de encontrarle sentido a lo que venía ocurriendo estos últimos días. El comienzo era claro. “¿Por qué no pensás lo que decís?”. Sin dudas, él podía jurar que todo había empezado con esa frase que ella había soltado, casi con descuido, en la mitad de una de las ya tradicionales discusiones dominicales. Sí, sí, todo había comenzado ahí. ¿O no? Bueno, en todo caso, el origen no era lo que importaba, lo realmente importante es lo que sucedió después.
Desde hacía ya varios días venía ocurriendo lo mismo una y otra vez. El primer episodio fue el lunes en el trabajo, cuando abrumado por la cantidad de tareas que tenía que terminar, comentó “éste es un laburo de negros”. Antes de que pudiera terminar la frase, un cartelito apareció colgado de su labio. Rápidamente lo despegó preocupado por lo que pudieran pensar los que lo vieran y se apresuró a ver qué era. Aunque en el cartelito de papel, que más bien parecía una etiqueta, se leía claramente “Made in…” el resto de la frase estaba tan borroneada que era imposible descifrarla. Sin darle mayor importancia, hizo un bollito con el papel y lo arrojó a la basura. Antes de que pudiera retomar sus tareas, una luz lo cegó.
Cuando abrió los ojos ya no estaba en la oficina, estaba en otro sitio, un lugar difícil de describir, no tanto por su extrañez sino más bien por su simplicidad. Era justamente esa falta de particularidades lo que hacía difícil identificarlo, más bien era un lugar común. Después de pasar unos segundos ahí y todavía un poco atontado entornó los ojos, y, al abrirlos, se encontró nuevamente en su trabajo. Fingió que nada había pasado e intentó continuar con su rutina diaria.
Poco después de las 6 de la tarde, como de costumbre, emprendió el regreso a casa. Antes de llegar, la imagen de un hombre orinando en la vereda lo llevó a exclamar, de manera casi automática, “¡Qué villero!”. Y nuevamente apareció, como por arte de magia, una etiqueta colgando de su boca. Al igual que la vez anterior, en la misma él sólo podía leer el “Made in…” con el que comenzaba la frase inscripta en el cartelito. Sin comprender la situación, lo hizo un bollito y lo arrojó, pero antes de que el papel tocara el piso, él ya estaba de nuevo en ese extrañamente simple lugar. Esta vez tuvo la sensación de que esa simpleza era sólo aparente, que ocultaba una complejidad difícil de desenmarañar. Sin embargo, antes de que pudiera indagar un poco más, ya estaba de nuevo en la calle a sólo unos metros de la entrada de su edificio.
A la mañana siguiente, tras un “al que madruga Dios lo ayuda”, la misma situación se repitió. También cuando dijo “no es negro de piel, es negro de alma”, “este pibe es un indio”, “se armó la gorda”, “ahí sí que me las vi negras” y hasta cuando le gritó a un amigo “vos sos un atorrante”.
Una de las últimas fue cuando en el medio de una charla con una compañera de facultad, él le dijo “¿y vos qué te quejás?, si siempre viviste a costillas de tu viejo”. Con un movimiento veloz, llegó a despegar la etiqueta que apareció colgando de su labio justo antes de que la chica levantase la mirada para decirle “¡Mirá que sos machista eh! si te escuchara Galeano te diría que si Eva hubiera escrito el Génesis, hubiera empezado por aclarar que ella no nació de ninguna costilla, ni conoció a ninguna serpiente, ni ofreció manzanas a nadie, que todas esas son puras mentiras que Adán contó a la prensa ¿Por qué no pensás antes de abrir la boca?”.
Aunque sintió vergüenza por la situación, se alegró al darse cuenta que, por primera vez en estos días, no había sido “transportado” a ese extraño lugar en el que las otras veces había pasado un par de minutos.
Desde ese momento, el cartelito con el “Made in…” clarito y el resto borroso volvió a aparecer en varias oportunidades. Cada vez que eso ocurre, él intenta pensar cuál es el origen de esas frases que tantas veces usa, dónde se crearon, con qué prejuicios, con qué discursos se relacionan. Y aunque a veces no encuentra la respuesta, por lo menos se evita caer en lugares comunes. «
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