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Laura Milano, lauram@diariolaflecha.org artículo 4 de 7
 
 

Yo con vos (yo por arriba, yo por abajo)

 
 

Todos tenemos las mejores respuestas a cualquier interrogante, las mejores y más brillantes soluciones en el bolsillo del pantalón. Sabemos exactamente cómo conducir y planificar las acciones que nos llevaran al éxito, las podríamos enumerar de memoria. Nuestra impecable virtud también nos permite identificar
todos los problemas que comenten los otros en sus acciones y en su formar de pensar. Sabemos todo, absolutamente todo. Somos *la solución*.

Y parece que uno se queda satisfecho al publicar su comentario en un blog, como habiendo cumplido con un bien para la causa. Lo mismo que si –ante un problema que involucra a su grupo- despliega sobre una charla de café sus argumentaciones sobre el tema. Y espera que todos queden boquiabiertos por la grandeza de su análisis y que con eso quede todo resuelto. Lamento decir que no es así. Ni cerca. Golpe al ego, ya lo sé.

Las soluciones a problemas colectivos rara vez salen de la galera de un mago. ¿Problemas colectivos? ¿De qué estoy hablando? De lo que pasa en tu barrio, en tu familia, en tu universidad, en tu carrera, entre tus amigos, en tu ciudad. De esas cosas que te unen con los otros sin que te des cuenta, y están afuera del MP3 que cuelga de tus orejas todo el día.

Cuando se presentan problemas en estos ámbitos tratamos de resolverlos en forma individual, ya que así parecen resolverse más rápido o más acorde a nuestras propias necesidades. Porque sentarse a elaborar una solución en común se piensa como algo trabajoso, sin metas claras, con discusiones molestas donde cada uno quiere imponer al otro su visión y llevar agua para su molino. Al considerar la discusión como un problema tratamos de evitarlo. Evitar problemas, para que discutir.

Las salidas individuales no son más que parches en una problemática que supera el malestar y la acción de una sola persona. Las soluciones están junto a los otros, en el contacto y el intercambio con ellos.¿Complicado? Si, un montón. Las represtaciones negativas de la actividad colectiva y la participación conducen a que sigamos prefiriendo las estructuras jerárquicas conocidas. En criollo, gana
la comodidad de lo que se conoce.

¿Difícil? Una banda. Seguro que más de uno pensará que es mejor delegar en alguien que quiera llevar la batuta y ya, para que tanto lío. Este hábito en el que unos pocos hacen y otros muchos miran está relacionado con el ordenamiento
social en donde siempre hay alguien que manda y otros que obedecen. Durante toda la vida incorporamos esta estructura y –por lo tanto- naturalizamos este orden como la única manera de relacionarse con los otros. Sin olvidar claro, el hábito pasivo que se genera en nosotros. Pero no es así: juntarse entre todos
para debatir se complica pero se puede hacer. Y ahí se ponen sobre la mesa mucho más que las opiniones individuales de cada uno, y las soluciones
mágicas vuelven al bolsillo del que nunca tendrían que haber salido. En el debate con los otros encontramos muchas cosas: pensamientos, historias, distancias y/o cercanías ideológicas, experiencias, aprendizaje, identificación, etc. Un rompecabezas. Un lío a primera vista. Casi, casi irresoluble. Pero se va armando, de a poco se van viendo algunas partes de la imagen final.

¿Ejemplos? Me tiento de hablar de los últimos meses de participación estudiantil por las demandas educativas tanto en las facultades como en las escuelas medias. Cientos de chicos y chicas se vieron en un problema común que sobrepasaba sus soluciones individuales, pusieron su cuerpo en buscarle una respuesta. Y con el cuerpo me refiero a su presencia, a su tiempo, a sus ideas, a su creatividad. Los aportes de cada uno crearon intervenciones de lo más variadas: desde aquel que asistía a las asambleas, hasta el que escribía o sacaba fotografías durante las jornadas. Para muchos –en los que me incluyo- fue su primera experiencia en una acción colectiva, y enciende una mecha más allá de este conflicto.

El trabajo con los otros nos hace actores. Como los del teatro que trabajan con el
cuerpo, con la acción. Si hay algo que hacer con los otros, hay que hacerlo… valga la redundancia. Para opinólogos, ya tenemos los panelistas de televisión.
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LF26 pág. 05, 2008.
 
 

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