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Hasta hace poco pensaba que los monstruos eran cosas de chicos, inventos, fantasías. Bichos enormes y feos que a la noche se despertaban para asustarnos. Si, eso eran para mí, nada más que visiones inocentes. El miedo que me provocaban también era inocente. Un poco en serio y un poco en broma, relatábamos esos encuentros tenebrosos a nuestros amigos, los representábamos en dibujos, los esperábamos a la noche.
Debería haber mostrado más respeto porque dicen que hoy han vuelto. Los nuevos son diferentes a los de mi infancia, mucho más reales, más cercanos. Ya no duermen debajo de mi cama, sino que están afuera de la casa esperándome. Se dice que *ellos* monitorean nuestros movimientos cotidianos: a que hora voy a trabajar, quiénes viven conmigo, en qué horarios la casa queda vacía, etc.
Cuando salgo a la puerta miro para cada esquina. En la calle siento que me siguen, que están allí detrás de mis pasos, respirándome en la nuca, o mientras espero un colectivo, o cuando cruzo alguna esquina. Están ahí, agazapados… todos *ellos*, iguales, con la misma violencia en el cuerpo. “Tené cuidado porque están todo el día dados vuelta y son capaces de cualquier cosa’’. Si tanta gente me lo dice, debe ser cierto.
‘‘Cuidate en la calle… Volvé temprano antes de que oscurezca… Si te preguntan algo, vos no te detengas y seguí caminando’’, son las frases que me acompañan. Igual que cuando era chica, los relatos y las imágenes que circulan sobre *los otros* incentivan mi imaginación y mi miedo. Miles de murmullos y sospechas se condensan para dar forma a un tipo de monstruo, identificable con una cara, con un color de piel, un modo de vestir y hablar. Características que *necesariamente* (porque así lo dicen todos, porque así lo dicen mis vecinos, porque así lo dicen mis padres, porque así lo dicen los medios, porque así lo dicen los políticos y la policía, porque así…) retratan su carácter feroz, temerario, salvaje. Entonces hay que circular rápido por la calle, ser cauteloso, no sea cosa de exponerse al contacto con *ellos*.
Como los relatos y las imágenes son cada vez más totalizantes, el miedo es cada vez más indigerible. Los monstruos toman tamaños descomunales, crecen en mi imaginación, son mucho más poderosos, más temibles, más peligrosos. Toman por asalto todo, no tienen respeto por nada. *Ellos* que ingresan en nuestros barrios sin ningún permiso, que invaden nuestras calles, que no comparten los mismos códigos que nosotros, que son diferentes. Monstruos que se apoderan de la ciudad. ¡Gigantes! ¿Como no paralizarse? ¿Cómo no tener miedo?
¿A la defensiva? No, solo que taza taza, cada uno a su casa. La vigilancia ahuyenta a los monstruos, así que a multiplicarla. En cada esquina. Para que “cada uno este donde tiene que estar’’. Mientras tanto… puertas adentro, con llave, con trabas. Con seguridad privada, con cámaras en todos los rincones de la casa. Dentro de la cama, tapada hasta la nariz. Con la luz prendida. Pero alerta, me dicen, no sea cosa que aparezcan cuando me duerma.
Pero si un día desperté y resultó que Papá Noel no existía, ¿no será que...? ¿Era todo un invento? Pero a mi me lo contaron muchos…
¿Qué decís? ¿Que en la historia de éstos *monstruos* hay mucho de imaginación? ¿Pero cómo gente grande va a imaginarse cosas que no existen?
Si así fuera, el miedo tendría una razón de ser mucho más grande que la imaginación privada. Una razón enorme, mucho más que los monstruos.
“El miedo paraliza, destruye las solidaridades sociales, genera reacciones de defensa en las cuales se sospecha del otro y para evitar la mirada panóptica del poder, se opta por la auto reclusión, la autocensura. El miedo despolitiza, fragmenta, corroe, desarma, inmoviliza. El poder utiliza el monopolio de la violencia para administrar y controlar el miedo social” .
Entonces, si el miedo es instrumento, parálisis y fragmentación… ¿Era todo un cuento y no había nada debajo de la cama?
NOTAS:
Sobre el miedo social: www.paginadigital.com.ar
Sobre los estereotipos y prejuicios: Amossy, Ruth; Herschberg Pierrot, Anne: “Esteriotipos y Clichés. Enciclopedia Semiológica”, Buenos Aires, Eudeba, 2001.
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