“Esta mañana desperté con un dolor. ¿Dónde? No sé, en todo el cuerpo. Algo me incomoda, me pincha en los brazos, me raspa en las mejillas. Un dolor entero, de pies a cabeza, un temblor que recorre mi espalda. Por estos síntomas, algo debe estar faltándome: el cuerpo me pide algo, pero no se bien qué.”
En el juego de las relaciones, la ficha que sostiene nuestra presencia es el cuerpo. No es un sostén indiferente, y a pesar de ser mudo dice mucho. Previo al lenguaje, el cuerpo es nuestro primer medio de contacto con los otros y el mundo exterior. Pero las reglas del juego cambian.
“Para mí que es algo cerebral… Como si la orden no llegara al cerebro: no puedo mover las manos ni los labios. Siento el impulso a acercarme a los demás, pero algo pasa cuando llega la intención a mi cerebro, éste no manda la acción al cuerpo.”
A medida que crecemos incorporamos y priorizamos otros canales de comunicación: lo verbal, lo visual, lo auditivo. Mayores herramientas para juegos interpersonales más complejos. El contacto con los otros se estandariza y a la hora de relacionarnos el tacto pasa al cajón de herramientas de segunda mano.
“Tal vez sea muscular: cuando estoy con alguien siento una contracción en las extremidades, mis brazos no alcanzan el cuerpo del otro.
Pero es mucho más que eso….
El cuerpo me duele.”
El contacto corporal es completamente necesario: alimenta, condimenta y fortalece nuestras relaciones. Es un multivitamínico natural y abundante. Pero entonces, ¿por qué escasea? ¿Por qué sentimos la falta?
Nuestra sociedad relega el contacto corporal, especialmente bajo el tabú de lo sexual. Cualquier contacto fuera de lo “normal’’ parece tener connotaciones sexuales: miradas, caricias, roces… el mas pequeñito gesto puede ser tomado como un indicio de insinuación. Esto trae desconfianza y temor en el cuerpo propio y en el del otro. Constantemente hacemos malísimas lecturas de signos de lo que el otro nos quiere decir por como se mueve. O cuidamos minuciosamente de cada movimiento que emitimos, no sea cosa que se malinterprete.
La otra cara de este tabú es darle al cuerpo esa única función: la sexual. Entonces si queremos piel… a tener los mil y un revolcones. Y ahí nos quedamos.
El contacto corporal es una demanda que el cuerpo pide a gritos. Ahí el nudo de la cuestión, porque la demanda va mas allá de lo sexual y entonces… ¿qué? aparece la carencia. Porque tocarse mas siempre parece traer un problema.
Por otro lado, la educación del comportamiento corporal funciona de forma similar. El cuerpo limita su enorme potencial de expresión por miedo a caer en el ridículo, de quedar expuesto frente a los demás. El cuerpo actúa entonces como un caparazón duro como el de una tortuga por el que no entra ni sale nada. No hay vulnerabilidad, sino que se recurre a lo socialmente correcto sin explorar en lo espontáneo. Porque nadie quiere pasar papelones ¿no?
El cuerpo se calla, se endurece, ya no sabe como expresarse, tiene miedo que lo traten de pervertido o ridículo. El juego de las relaciones se llena de algodones para tapar esa necesidad corporal que tanto arde.
Entonces es “normal” que apenas nos abracemos; que cada vez nos miremos menos a los ojos; que bailemos con el cuerpo totalmente rígido; que nuestros abuelos queden varios metros atrás porque no alcanzan nuestro pasos; que sean más las veces que decimos a un amigo “estoy con vos para lo que necesites” que las que nos quedamos en silencio y le hacemos una caricia; etc.
Y por otro lado, nos resulta extraño que se regalen abrazos gratis por la calle, que un amigo corra a nuestro encuentro y nos bese, que una madre nos quiera apretar siempre contra su pecho.
- Diagnostico: Falta de contacto corporal.
- Tratamiento: Incorporar el cuerpo como canal fundamental para la comunicación con los otros, dejando de lado censuras y liberando la expresividad.
- Evolución clínica: El ardor se va. Lo mismo que la picazón, los pinches en los brazos y el dolor de espalda. Un abrazo… el remedio milagroso.
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