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Laura Milanos, info@diariolaflecha.org artículo 6 de 9
 
 

Meta recorridos

 
 

La guía de calles no dice nada de mi lugar en esta ciudad. Pero estoy ahí y la ciudad  lo sabe. Es discreta y a nadie le confiesa haberme visto. Pero lo sabe y me lo recuerda cada vez que me ve pasar cerca. Me ve venir, y va soltando de a poco el recuerdo. Despacio, deslizándolo con una cuerda para que no se caiga o pase de largo. Porque no es fácil bajar un recuerdo y más en la velocidad de esta ciudad, a ver si alguien se lo lleva puesto.

El trabajo logístico ya está encaminado, ahora solo hay que esperar que yo pase. En tres, dos, uno……… Contacto, y entonces me vuelve esa imagen. Y me encuentro conmigo en esa esquina, y en la puerta de esa casa y en aquella parada de colectivo.  Tal vez unos años más joven. Más feliz, más triste. Menos acompañada, menos sola.

La operación ha funcionado, otra vez la ciudad me mostró las zonas marcadas con la cruz que yo alguna vez dibujé. Y me quedó mirando esa calle, esa esquina, ese café como si viera un holograma donde una persona igual a mi reproduce la escena conocida. Como un déjà vu en vivo y directo….  me vuelven los olores y los sonidos y hasta las palabras. El recuerdo me da la mano, algunas veces suave y otras veces fuerte. Me toma el codo, el brazo entero y se estrecha contra mi cuerpo. Y ese espacio de la ciudad no me suelta, no me deja irme.

Por eso hay contactos con la ciudad que a veces evito. En los que cierro los ojos y camino rapidito. Por lo menos hasta que encontrarme con ese recuerdo no me duela tanto, ¡tiene una fuerza!

Igual la ciudad no se ofende porque luego la busco para presentarla a mis nuevos amigos y amores. Y así seguimos tachando esquinas y calles, cafés, bancos de plazas, teatros, puertas de oficinas, dejando nuestras cruces en timbres, en porches oscuros, en árboles, en recorridos de colectivo, en hoteles…
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LF23 pág. 08, 2008.
 
 

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