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Facundo Sandoval, info@diariolaflecha.org artículo 2 de 9
 
 

Mismísimo subterráneo

 
 

Bajé del bondi, esquivé a la gente que caminaba en dirección contraria; obviamente estaba apurado. La escalera mecánica estaba muy llena, entonces preferí correr por la fija. Llegué a la boletería. Una vez en la cola me impacienté y me dije: -‘’todos los días lo mismo y nunca puedo lograr mi cometido’’.

Es que la gente va a mil -igual que yo- ese es el problema.

Ya dentro del subte tendría mi segunda oportunidad, ahí seguramente lo iba a encontrar. Pasé el molinete sin pensar…, moviéndome automáticamente.
Era hora pico. Subí al vagón y, como estaba lleno, comencé a abrirme paso a los empujones para poder verlo. Efectivamente ahí estaba…, sentado en una punta. En el mismo asiento de todos los días.

Lo reconocí de inmediato por la ropa, la misma que yo usaba. Me sorprendió su aspecto de indiferente preocupación. Su rostro apagado me hizo recordar para qué estaba yo allí. Tenía que acercarme más.

Seguí a los empujones, la gente no me dejaba pasar. Sentí bronca al verme en esa situación. Le hice señas, pero no me vio. Traté de gritarle pero estaba muy apretado. Me faltó el aire y caí al piso. El subte frenó de a poco, habíamos llegado a la estación Medrano, en la que siempre bajo.

Lo vi salir apurado, con el mismo caminar que el mío y lo perdí entre la gente. Otra vez.

El subte arrancó, y yo tirado aun en el piso me preguntaba: en la vorágine de esta rutina que nunca para, ¿cuándo será el día, el bendito día, en el que pueda encontrarme y decirme lo que siento?
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LF23 pág. 04, 2008.
 
 

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