Es casi un lugar común hablar sobre la crisis de las instituciones. Están quienes miran hacia atrás con nostalgia, algunos que celebran su muerte, y otros que advierten que no están tan muertas como parece. Veamos.
Las instituciones pueden ser entendidas como normas o pautas que definen las expectativas y posibilidades de los sujetos, estimulan algunas conductas y desincentivan o condenan otras. Son “productoras” de identidad, ya que le brindan al sujeto marcos de referencia que le permiten reconocerse parte de un grupo (y en última instancia de una sociedad). Al mismo tiempo disciplinan a los disidentes, a aquellos que cuestionan lo establecido y proponen otras alternativas posibles. De esta manera cumplen la función de preservar y legitimar un determinado orden.
Pero cuando los discursos o valores que les dan sustento entran en crisis, las instituciones “tradicionales” pierden credibilidad y dejan de ser un ámbito de referencia para las identidades individuales. Es evidente que desde hace varios años las identidades partidarias son débiles, que no hay grandes líderes que convoquen a sectores amplios de la sociedad, que la familia tipo ya no es el paradigma de familia, que los estudiantes universitarios no sienten a la universidad como su lugar de pertenencia, etc. Éstas y otras instituciones ya no son referentes demasiado fuertes para la identidad individual, ni parecen ser fundamentales para la conservación del orden.
Para algunos su caída, junto con el fin de los “grandes relatos” abre una perspectiva de cambio inédita, posible, y en apariencia bien simple, que llevará a la libertad de los sujetos; otros no son tan optimistas, y siguen cuestionando a la sociedad en su conjunto, alegando que en lo fundamental no ha sufrido transformaciones. Y también están los que añoran el pasado, tratando de devolver a esas instituciones el papel central que tuvieron en otra época.
Es claro que algo esta cambiando, que las instituciones tradicionales ya no cumplen el rol central que alguna vez tuvieron. Pero, ¿se han acabado los referentes o los seguimos teniendo? ¿Hay nuevas instituciones que se levantan en el lugar de las que están en crisis? ¿Presenciamos el fin de los “grandes relatos” o la crisis de un “gran relato” en particular? ¿Hay un nuevo discurso y otros valores que sustentan nuevas instituciones?
Preguntas, a las que se le podrían sumar muchas más. Propuesta: por qué no parar y pensar, mirar y mirarnos, quizás nos encontremos con que hay muchos más referentes de lo pensamos…
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