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María Gutierrez Pechemiel, info@diariolaflecha.org artículo 5 de 6
 
  BIFACE  
  Uno y mismo, suelen hablarse, cosa de locos. Otra vez me pregunté qué quería, qué soñaba y me quedé esperando, como si la respuesta fuera a llegar desde algún lugar que debería ser dentro mío pero parecía fuera. ¿Contestarme yo una pregunta formulada por mí misma? No tiene sentido hacer una pregunta de la cual uno ya sabe que se va a preguntar, si es uno el que se la formula a sí mismo. ¿Cómo hace uno para buscarse si es uno mismo el que se busca?¿Será que hay que preguntarles a otros?, ¿Sabrán otros más de mí, más de lo que yo sé de mí misma?

Un día le sigue al otro, lo mismo las horas y en ellas las tareas, trabajo, estudio, vacaciones…no hay mucho tiempo para preguntarse a uno mismo: por qué, para qué, este trabajo, esta carrera, estas preocupaciones. Capaz por miedo a que la respuesta nos desafíe, o nos devuelva algún sueño sin cumplir.

Según Lipovetsky la utopía de los tiempos posmodernos sería una vida “a la carta”, donde el mito ya no sería “Prometeo” como en la modernidad, sino “Narciso”. Millones de propuestas cada vez más sectorizadas y a la vez mundializadas, ya no hay una verdad a descubrir, sino múltiples propuestas y alternativas que cada uno elige en base a sus deseos individuales.

Sin embargo, las elecciones y percepciones no son atemporales e impersonales; las épocas históricas condicionan las visiones y motivaciones que conducen a uno a querer ser de determinada manera o alcanzar ciertos logros. No hay necesidad de buscar, se nos ofrece de manera colectiva una vida individual a la carta. Contradictorio.

Nuestras experiencias nos diferencian cada vez más precipitadamente de las que caracterizaron a las generaciones anteriores, es algo que Barbero llama “desordenamiento de los saberes”: la maestra explica los planetas, la galaxia, los astros, que ya no existen, y los alumnos lo saben porque lo vieron en internet. Antes el hijo del herrero aprendía el oficio y con orgullo seguía los pasos de su padre. Hoy nuestros viejos no entienden nada, estudiaron dactilografía, taquigrafía, a hacer planos con lápiz, (¡de fábula, viejo!) cosas que hoy ya... ¿no sirven?. Y en esa novedad intentamos encontrar el sentido de nuestras acciones, una incertidumbre que paraliza. Miramos y pensamos distinto.

Y ahí vamos, en una cáscara de nuez haciéndole frente al oleaje. Según Eric Fromm, la búsqueda de la identidad y del sentido de nuestra vida, es una necesidad, así como alimentarse, que está compuesta por lo afectivo (eso que sentís cuando escuchás a otro haciendo eso que vos quisieras), lo cognitivo (acá viene la parte que frenás un cambio: mientras no te detenga, es prudencia) y por último la acción (ir a los bifes, hay que mover el traste, es decir llevar adelante eso que sentimos y entendimos que queríamos hacer). ¿Cuántas veces deseaste con toda tu alma preparar un final, pero haciendo cuenta de los días, te diste por vencido antes de intentarlo, o quisiste encarar a alguien, pero no te bancaste la idea de un fracaso, o pensaste en un nuevo proyecto, el típico emprendimiento con amigos de la facultad para generar laburo, un centro cultural, una revista, un programa de radio, un estudio de diseño, una investigación, un nuevo partido político; o un viaje, mudarse, cambiar a un laburo que valga la pena?

Todos buscamos tener un proyecto de vida, que se asemeja mucho al sueño, algo que le dé sentido a lo que estoy haciendo. Podemos ir sumando acciones y experiencias que irán apareciendo y muriendo, o podemos sentir, pensar y hacer elecciones que se vayan hilando una a otra y que puedan formar parte de aquello que se quiere alcanzar y asi cada una de las cosas que haga hoy tiendrán valor agregado. Un escalón, una puntada.

¿Y si me sale mal?, ¿y si pierdo lo que tengo?, ¿y si no se me ocurre nada?. Me sigo preguntando a mí algo que no sé. Si supiera la respuesta podría responderme mi pregunta, pero si no necesitara una respuesta no habría pregunta. ¿La clave está en la pregunta o en la respuesta? Si me lo pregunto, no sé la respuesta y si me lo respondo ¿para qué pregunto?. Cosa de locos.«

 
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LF16 pág. 05, 2006.
 
 

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