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Diego Couzo, info@diariolaflecha.org artículo 4 de 10
 
  AMBIGUO PLUSCUAMPERFECTO  
 

“Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito del Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?" J.L. Borges, El Aleph

Podría decirse que la transmutación existe. En este caso, el pasaje de un estado a otro, de una forma física a otra. El blanco aparece, se transforma en negro y no se puede dar cuenta de ese suceso. El todo y la nada se encuentran, parecen minúsculos y triviales, se saludan y se hacen uno. Y todo concluye cuando se abren los ojos, que estaban abiertos.

Sumergido en sus ideas, pensaba en pasar el rato y dispersar su mente con algunas notas. Tocar el contrabajo no era su fuerte. Aunque le gustaba, se convencía de no tener la suficiente paciencia ni la cantidad necesaria de tiempo como para ejecutarlo tal como lo soñaba. Lo uno era verdad, lo otro un pretexto. Fue así como, parado frente a la puerta lateral de una antigua fachada, hundió su dedo índice en el botón que contenía una versión barata de la quinta sinfonía de Beethoven. El resultado: primero, el inquisitivo ojo en la mirilla; después, un pasillo largo como la espera por la muerte; y, por último, la fragmentada pared blanca.

Así, con una charla continua, amena, subió las escaleras adosadas al blanco inmaculado. Es verdad que sus pies y su inconsciente lo llevaban con cierta prisa. Quería ver su instrumento. Pensó en el afecto que uno les toma a esos objetos: tal vez sea porque se transforman en parte de uno.

Ya en la sala, el sonido percusivo del bombo de la batería comenzó a golpear, con un entrometido redoblante, contra su pecho. Después siguieron algunos platillos. Contempló el blanco de la pared de abajo, que se apreciaba desde el majestuoso ventanal. Parecía distinto, de otro tono, sin embargo seguía siendo blanco. Tal vez más pálido, quizás más estridente. Jamás lo sabrá, porque dejó ese pensamiento por algunas notas que se sumaban a la batería. Así estuvieron algunos minutos.

Se sintió extraño, con un sentimiento de bienestar y calidez incomparable. Esto parecía vinculado a la ahora proximidad blanquecina que había cambiado nuevamente hacia un tono más grisáceo pero más cercano, a punto tal que contenía toda la situación. Súbitamente dejó de pensar, apagó el diálogo interno que todo lo busca explicar y dejó que sus dedos se transformaran en cuerdas y su voz en acordes, imprimiéndose en la claridad holística, que era todo y que era la nada misma. La sala acustisada, se tornó de algún color, similar al blanco. Ese blanco. Sólo quedaba la música que sonaba, la música que brotaba de sus entrañas. Su mente, o su cabeza, ahora clavijero que sujetaba las cuerdas, ya no decía nada. Ya no había suelo ni paredes, sólo había un blanco infinito que contrastaba con su piel color madera avejentada.

“Del blanco al negro”, se dijo. Jamás se dio cuenta de que el sol se había alejado del horizonte. Que ese atardecer que lo acompañó hasta la puerta de la casa de su amigo se había transformado en penumbra. Ahora que la oscuridad lo cubría todo, incluso a él, sólo le quedaba la certeza de que habrá cosas que permanecerán siempre inenarrables.«

 
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LF15 pág. 04, 2005.
 
 

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