| |
“Arribo,
ahora, al inefable centro de mi relato;
empieza, aquí, mi desesperación
de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto
de símbolos cuyo ejercicio presupone
un pasado que los interlocutores comparten;
¿cómo transmitir a los otros
el infinito del Aleph, que mi temerosa memoria
apenas abarca?" J.L. Borges, El Aleph
Podría decirse que la transmutación
existe. En este caso, el pasaje de un estado
a otro, de una forma física a otra.
El blanco aparece, se transforma en negro
y no se puede dar cuenta de ese suceso.
El todo y la nada se encuentran, parecen
minúsculos y triviales, se saludan
y se hacen uno. Y todo concluye cuando se
abren los ojos, que estaban abiertos.
Sumergido en sus ideas, pensaba en pasar
el rato y dispersar su mente con algunas
notas. Tocar el contrabajo no era su fuerte.
Aunque le gustaba, se convencía de
no tener la suficiente paciencia ni la cantidad
necesaria de tiempo como para ejecutarlo
tal como lo soñaba. Lo uno era verdad,
lo otro un pretexto. Fue así como,
parado frente a la puerta lateral de una
antigua fachada, hundió su dedo índice
en el botón que contenía una
versión barata de la quinta sinfonía
de Beethoven. El resultado: primero, el
inquisitivo ojo en la mirilla; después,
un pasillo largo como la espera por la muerte;
y, por último, la fragmentada pared
blanca.
Así, con una charla continua, amena,
subió las escaleras adosadas al blanco
inmaculado. Es verdad que sus pies y su
inconsciente lo llevaban con cierta prisa.
Quería ver su instrumento. Pensó
en el afecto que uno les toma a esos objetos:
tal vez sea porque se transforman en parte
de uno.
Ya en la sala, el sonido percusivo del bombo
de la batería comenzó a golpear,
con un entrometido redoblante, contra su
pecho. Después siguieron algunos
platillos. Contempló el blanco de
la pared de abajo, que se apreciaba desde
el majestuoso ventanal. Parecía distinto,
de otro tono, sin embargo seguía
siendo blanco. Tal vez más pálido,
quizás más estridente. Jamás
lo sabrá, porque dejó ese
pensamiento por algunas notas que se sumaban
a la batería. Así estuvieron
algunos minutos.
Se sintió extraño, con un
sentimiento de bienestar y calidez incomparable.
Esto parecía vinculado a la ahora
proximidad blanquecina que había
cambiado nuevamente hacia un tono más
grisáceo pero más cercano,
a punto tal que contenía toda la
situación. Súbitamente dejó
de pensar, apagó el diálogo
interno que todo lo busca explicar y dejó
que sus dedos se transformaran en cuerdas
y su voz en acordes, imprimiéndose
en la claridad holística, que era
todo y que era la nada misma. La sala acustisada,
se tornó de algún color, similar
al blanco. Ese blanco. Sólo quedaba
la música que sonaba, la música
que brotaba de sus entrañas. Su mente,
o su cabeza, ahora clavijero que sujetaba
las cuerdas, ya no decía nada. Ya
no había suelo ni paredes, sólo
había un blanco infinito que contrastaba
con su piel color madera avejentada.
“Del blanco al negro”, se dijo.
Jamás se dio cuenta de que el sol
se había alejado del horizonte. Que
ese atardecer que lo acompañó
hasta la puerta de la casa de su amigo se
había transformado en penumbra. Ahora
que la oscuridad lo cubría todo,
incluso a él, sólo le quedaba
la certeza de que habrá cosas que
permanecerán siempre inenarrables.«
|
|