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Valeria Rodriguez Lamas, info@diariolaflecha.org artículo 7 de 8
 
  UN TESTIMONIO  
  Corría enero del 2002 (irreverente, como suelen correr los eneros) cuando decidí presentarme a rendir libre una materia. Tomando mates bajo una pérgola, escudriñando de soslayo el agua que se me insinuaba como un demonio en la pileta, leí los módulos con prestancia pero omití, creyendo que se trataba de un artículo menor, un librito cuyo autor, para mi desgracia, era por supuesto el mismísimo titular de la cátedra en cuestión.
Lo que sigue resulta sencillo de imaginar: una primera instancia de evaluación escrita que invitaba a desarrollar los ítems contenidos en el librito, y una segunda instancia oral que no tuve el agrado de experimentar. En lugar de ello asistí espantada a un concilio de profesores, donde un inspirado leyó a viva voz mi anémico final entre furibundas carcajadas. Al rato avanzó hasta la entrada del aula (yo ya me había esterilizado la zona del cogote que apoyaría en el patíbulo) y dijo con canto alegre mientras blandía mi final por los aires: "esto es una obra de invaluable carácter lírico... pero tiene un dos". Por mi culpa, por mi gran culpa. No me alcanzaban los puños para destrozarme el corazón a golpes.
Pero pronto llegó julio, y luego de cursar la materia vendiéndole mis sonrisas a una maja edulcorada, me encontré la mañana del final en medio de un violento ataque de nervios. Bajé las escaleras, me abalancé sobre la vitrina del bar del primer piso y suspiré con ruido de pergamino en las encías: "tilo, deme tilo". Me cargaron tres saquitos en el mismo vaso de glamoroso telgopor, pero tanto me temblaban las manos que abandoné el agua hirviendo y me metí los tres saquitos en la boca. Los hilos, por supuesto, asomaban como colitas ruteras con sus diminutos cartoncitos color limón y pendían de mi boca. La vergüenza era apenas un recuerdo de otros tiempos. Llegué al aula, tenía el próximo número. Mastiqué lentamente, los hilos vibraban al compás del terror, escuché mi apellido estirando las colitas y frente a las ojeras insomnes de varios estudiantes asqueados, extraje tres cadáveres de tilo que guardé discretamente en la cartera. Me acomodé la bufanda, imaginé que todos estaban desnudos (vieja táctica de microbio entonado) y entré sin preámbulos en la 201.«

 
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LF13 pág. 09, 2005.
 
 

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