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Corría
enero del 2002 (irreverente, como suelen correr
los eneros) cuando decidí presentarme
a rendir libre una materia. Tomando mates
bajo una pérgola, escudriñando
de soslayo el agua que se me insinuaba como
un demonio en la pileta, leí los módulos
con prestancia pero omití, creyendo
que se trataba de un artículo menor,
un librito cuyo autor, para mi desgracia,
era por supuesto el mismísimo titular
de la cátedra en cuestión.
Lo que sigue resulta sencillo de imaginar:
una primera instancia de evaluación
escrita que invitaba a desarrollar los ítems
contenidos en el librito, y una segunda instancia
oral que no tuve el agrado de experimentar.
En lugar de ello asistí espantada a
un concilio de profesores, donde un inspirado
leyó a viva voz mi anémico final
entre furibundas carcajadas. Al rato avanzó
hasta la entrada del aula (yo ya me había
esterilizado la zona del cogote que apoyaría
en el patíbulo) y dijo con canto alegre
mientras blandía mi final por los aires:
"esto es una obra de invaluable carácter
lírico... pero tiene un dos".
Por mi culpa, por mi gran culpa. No me alcanzaban
los puños para destrozarme el corazón
a golpes.
Pero pronto llegó julio, y luego de
cursar la materia vendiéndole mis sonrisas
a una maja edulcorada, me encontré
la mañana del final en medio de un
violento ataque de nervios. Bajé las
escaleras, me abalancé sobre la vitrina
del bar del primer piso y suspiré con
ruido de pergamino en las encías: "tilo,
deme tilo". Me cargaron tres saquitos
en el mismo vaso de glamoroso telgopor, pero
tanto me temblaban las manos que abandoné
el agua hirviendo y me metí los tres
saquitos en la boca. Los hilos, por supuesto,
asomaban como colitas ruteras con sus diminutos
cartoncitos color limón y pendían
de mi boca. La vergüenza era apenas un
recuerdo de otros tiempos. Llegué al
aula, tenía el próximo número.
Mastiqué lentamente, los hilos vibraban
al compás del terror, escuché
mi apellido estirando las colitas y frente
a las ojeras insomnes de varios estudiantes
asqueados, extraje tres cadáveres de
tilo que guardé discretamente en la
cartera. Me acomodé la bufanda, imaginé
que todos estaban desnudos (vieja táctica
de microbio entonado) y entré sin preámbulos
en la 201.«
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| LF13 pág. 09,
2005. |
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