|
| |
Y SERÁ UN BAILE
SOBRE UN VOLCÁN |
|
|
| |
Existe
un juego muy popular y exitoso en Occidente
que consiste en responder preguntas por turnos.
El que pregunta disfruta y celebra la ignorancia
del otro, y el que es interrogado sólo
quiere embocarle a la respuesta correcta aunque
sea de casualidad.
Está claro que para jugar al Trivial
o a la Carrera de Mente nadie se prepara,
o al menos no de manera conciente: vivimos,
leemos, miramos y aprendemos alegremente cosas
tales como cuánto calza el Diego o
dónde nació Rodrigo.
Suelen ganar en estos juegos, curiosos observadores
de la realidad con buena memoria, y, con menos
frecuencia, culturosos lectores intelectualoides.
Estos últimos son, por cierto, quienes
más disfrutan al poner en evidencia
la ignorancia ajena.
Parecería que esta clase de combate
intelectual es natural a la especie humana:
unos se burlan de otros y en eso consiste
la gracia. Pero hay un dato que viene a refutar
esta presunción: resulta que a pesar
de los esfuerzos estadounidenses por enchufar
el Trivial Pursuit en Japón, los orientales
no quisieron saber nada; simplemente no disfrutan
con la ignorancia del otro, es más,
los deprime. Raros, los ponjas.
Es posible sospechar entonces la presencia
de una característica de nuestra cultura,
que estaría expresada en la célebre
y festiva canción infantil que dice
“no sabe, no sabe, tiene que aprender,
orejas de burro le van a crecer” (otra
versión agrega el verso “pañales,
chupete, le van a poner”) cuyo significado
podría resumirse así: “cómo
me divierte que haya alguien más tarado
que yo”.
Si bien esta realidad cultural parece no causar
grandes problemas en la primera infancia,
creemos que deja algunas secuelas en nuestra
psiquis. Para demostrarlo hemos recortado
nuestro campo de estudio dentro de los límites
que presenta una situación de examen
oral. Nos basamos en innumerables testimonios,
casi todos ellos espontáneos, por lo
que la mayor parte de la documentación
aquí empleada consta en los archivos
de nuestra memoria,y podrá ser consultada
hasta tanto no sufra su natural deterioro.
Pande el Cúnico
Hemos podido constatar que en un altísimo
porcentaje
el alumnado refiere una serie de síntomas
previos al
examen que denotan un estado generalizado
de inquietud, desazón, inseguridad
y hasta pánico.
De los testimonios se desprende que:
A- El examinador parece poseer tendencias
sádicas.
B- El examinando parece tener tendencias fugitivas.
1- antes del examen (“ni loco me presento”)
2- después del examen (“¡má,si!,
yo largo todo al diablo”) Una
Buena
Como contrapartida de este desolador panorama,
hemos encontrado algunos, aunque escasísimos,
testimonios en los que el alumno refiere haber
disfrutado a la hora de rendir un final. Contrariamente
a lo que pudiera pensarse, no se trata de
alumnos masoquistas. Lo que sucedió
en estos casos fue:
1- El examinador estaba interesado y hasta
contento de conversar sobre la materia con
el alumno.
2- El alumno había estudiado bastante.
Vayan concluyendo
Nosotros mismos hemos sufrido en carne propia
los desagradables trastornos que genera una
instancia de examen. Hemos sido de la especie
paranoide y llegamos a envidiar a los temerarios.
Sin embargo, a la hora de la verdad, reconocemos
no haber aprendido en las materias que promocionamos,
con la profundidad con que lo hicimos al tener
que rendir un final.
Creemos que concluir -aunque nunca se concluye-
el abordaje de una materia con un gran esfuerzo
por integrar conocimientos, es la manera más
efectiva de “apropiarnos” de lo
que nos han enseñado. Quien sabe un
día nos sentemos del otro lado de la
mesa.
Proponemos algunas preguntas
motivadoras para continuar pensando qué
se
puede esperar de alumnos y profesores
a la hora de la verdad: el examen oral
¿Para qué demonios quiero estudiar?
¿Para qué demonios me metí
a estudiar ESTO? ¿Para qué
querría ser profesor? ¿Qué
quiero comunicar/compartir?.«
|
|
|
|
|
|
|
 |
| LF13 pág. 08,
2005. |
|
|