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Valeria Garay, info@diariolaflecha.org artículo 6 de 8
 
  Y SERÁ UN BAILE SOBRE UN VOLCÁN  
  Existe un juego muy popular y exitoso en Occidente que consiste en responder preguntas por turnos. El que pregunta disfruta y celebra la ignorancia del otro, y el que es interrogado sólo quiere embocarle a la respuesta correcta aunque sea de casualidad.
Está claro que para jugar al Trivial o a la Carrera de Mente nadie se prepara, o al menos no de manera conciente: vivimos, leemos, miramos y aprendemos alegremente cosas tales como cuánto calza el Diego o dónde nació Rodrigo.
Suelen ganar en estos juegos, curiosos observadores de la realidad con buena memoria, y, con menos frecuencia, culturosos lectores intelectualoides. Estos últimos son, por cierto, quienes más disfrutan al poner en evidencia la ignorancia ajena.

Parecería que esta clase de combate intelectual es natural a la especie humana: unos se burlan de otros y en eso consiste la gracia. Pero hay un dato que viene a refutar esta presunción: resulta que a pesar de los esfuerzos estadounidenses por enchufar el Trivial Pursuit en Japón, los orientales no quisieron saber nada; simplemente no disfrutan con la ignorancia del otro, es más, los deprime. Raros, los ponjas.

Es posible sospechar entonces la presencia de una característica de nuestra cultura, que estaría expresada en la célebre y festiva canción infantil que dice “no sabe, no sabe, tiene que aprender, orejas de burro le van a crecer” (otra versión agrega el verso “pañales, chupete, le van a poner”) cuyo significado podría resumirse así: “cómo me divierte que haya alguien más tarado que yo”.

Si bien esta realidad cultural parece no causar grandes problemas en la primera infancia, creemos que deja algunas secuelas en nuestra psiquis. Para demostrarlo hemos recortado nuestro campo de estudio dentro de los límites que presenta una situación de examen oral. Nos basamos en innumerables testimonios, casi todos ellos espontáneos, por lo que la mayor parte de la documentación aquí empleada consta en los archivos de nuestra memoria,y podrá ser consultada hasta tanto no sufra su natural deterioro.

Pande el Cúnico

Hemos podido constatar que en un altísimo porcentaje
el alumnado refiere una serie de síntomas previos al
examen que denotan un estado generalizado de inquietud, desazón, inseguridad y hasta pánico.
De los testimonios se desprende que:

A- El examinador parece poseer tendencias sádicas.

B- El examinando parece tener tendencias fugitivas.

1- antes del examen (“ni loco me presento”)
2- después del examen (“¡má,si!, yo largo todo al diablo”)

Una Buena

Como contrapartida de este desolador panorama, hemos encontrado algunos, aunque escasísimos, testimonios en los que el alumno refiere haber disfrutado a la hora de rendir un final. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, no se trata de alumnos masoquistas. Lo que sucedió en estos casos fue:

1- El examinador estaba interesado y hasta contento de conversar sobre la materia con el alumno.
2- El alumno había estudiado bastante.

Vayan concluyendo

Nosotros mismos hemos sufrido en carne propia los desagradables trastornos que genera una instancia de examen. Hemos sido de la especie paranoide y llegamos a envidiar a los temerarios.
Sin embargo, a la hora de la verdad, reconocemos no haber aprendido en las materias que promocionamos, con la profundidad con que lo hicimos al tener que rendir un final.
Creemos que concluir -aunque nunca se concluye- el abordaje de una materia con un gran esfuerzo por integrar conocimientos, es la manera más efectiva de “apropiarnos” de lo que nos han enseñado. Quien sabe un día nos sentemos del otro lado de la mesa.

Proponemos algunas preguntas
motivadoras para continuar pensando qué se
puede esperar de alumnos y profesores
a la hora de la verdad: el examen oral
¿Para qué demonios quiero estudiar?
¿Para qué demonios me metí a estudiar ESTO?
¿Para qué querría ser profesor?
¿Qué quiero comunicar/compartir?.«

 
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LF13 pág. 08, 2005.
Material de consulta:

» Glade, Martin.

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