|
| |
| |
Era
de noche en la capital.
Salía y entraba gente con unos papeles
y cuadernos, todos pasaban apurados, abrazados
a sus carpetas.
Le llamó la atención ver tantos
pibes juntos, esperó a que se fueran
todos y entró. Nadie le preguntó
nada. A paso lento recorrió los pasillos
mirando cada detalle, una y otra vez, notó
que era verdad lo que le habían dicho,
estaba lleno de papeles.
Puertas y más puertas, aulas amplias,
arremolinadas de sillas de diferentes colores,
algo sucias y con pocas ventanas, todo indicaba
que había pasado mucha gente por allí.
Al mirar cada tacho de basura lleno pensaba
cuánto le darían por esa cantidad.
Entró en un salón, presidido
por un pizarrón verde con restos de
frases y esquemas escritos con tiza y, como
si hubiera escuchado el “tomen asiento”
de los truncados años escolares, tomó
uno, pero no se sentó, sólo
apoyó sus dos manos en el respaldo.
Silencio. Mirada fija y más recuerdos
imposibles.
Aquel lugar desconocido le traía una
sensación de algo muy suyo que no fue,
recuerdos de su última maestra, la
“bruja de 5to”, de la lección
que le hizo dar, casi que siente su viejo
guardapolvo y escucha los ruidos de los chicos
jugando, pero no...
Los murmullos, reales, eran otros. Fue a buscarlos.
Caminó nuevamente entre pasillos con
carteles pegados en paredes y puertas, con
frases fuertes, protestas y propuestas, y
al dar la vuelta se encontró con pilas
y pilas de papeles abrochados debajo de un
cartel que rezaba “apuntes”. Allí
desaparecieron los recuerdos… ¿cuántos
kilos serán? –pensó- ¿los
estarán por tirar? ¿me los llevo
ahora?
El murmullo volvió a escucharse más
fuerte, no era el de los chicos de “la
vieja escuela Nº 13” sino de una
conferencia que comenzaba en ese momento y
para allí volvió a encarar más
decidido, aclimatado tal vez.
En la entrada unos comentaban que el que hablaba
era Ignacio Ellacuría, filósofo
rector de una universidad centroamericana
y que elaboró su pensamiento en medio
de fuertes amenazas e intimidaciones llegando
a sufrir atentados de bomba en la propia universidad,
de parte de la dictadura de su país.
Entró en el salón, echó
un vistazo y de los asientos que había
a mano, nuevamente tomó uno y se sentó.
Algunos miraron de reojo. Un pizarrón
parecido, pero blanco, letras azules y el
profesor que lejos de estar amedrentado, afirmaba
con mucha fuerza:
“El objetivo donde se concretan el horizonte
y la finalidad de la actividad universitaria
es la transformación estructural de
la sociedad. Esto quiere decir que su actividad
no va dirigida a la transformación
de las personas, sino a la transformación
de las estructuras. No son en principio dos
misiones contrarias, que se excluyan entre
sí, la referencia a las personas y
la referencia a las estructuras, pero de poner
el acento en una de ellas cambiará
notoriamente la dirección del trabajo
universitario. Y lo que aquí se propone
es cargar decididamente el acento sobre el
problema estructural.” (*)
No captó todo lo que decía,
pero algo entendía y le parecía
importante.
“...la universidad puede proporcionar
los mejores análisis objetivos de la
realidad, el descubrimiento y la instrumentación
de técnicas adecuadas para enfrentar
los distintos problemas de la realidad, la
preparación de cuadros para los análisis,
el encuentro de soluciones y la implementación
de las soluciones.” (*)
Así que ésta era la famosa universidad…
El tipo cada vez estaba más entusiasmado,
hablaba más que convencido de lo que
decía, ponía todo en cada palabra…
El flaco se acordó de lo que habían
dicho en la puerta y pensó: con razón
por sus pagos lo quieren callar, pero no pensó
nada más porque el otro continuaba
hablando.
“Parecerá exagerado, pero lo
que pudiera parecer exageración sería
un gran principio iluminador: lo que se debe
enseñar y lo que se debe aprender,
es la gran asignatura de la realidad nacional:
qué es la realidad vista desde la economía,
desde la historia, desde la filosofía,
desde las letras, desde la ingeniería,
desde la psicología, desde la política,
etc. Con ello, ni la política, ni la
psicología, ni la ingeniería,
etc., tienen por qué perder nada de
su verdadero carácter de especialización.
Pero si son carreras que no sirven para comprender
mejor la realidad nacional y para transformarla,
no son dignas de estar en la universidad,
en una universidad que, de lo contrario, sería
un lujo intolerable, en un país de
tan escasos recursos. (*)
Escuchando con concentración lo que
decía este tipo, se acomodó
en su silla de plástico.
“Pues bien, una universidad no puede
tener duda sobre el partido que ha de tomar.
No siendo posible, en un determinado momento
histórico, la superación anuladora
de las diferencias, tiene que ponerse de parte
de aquellos sectores, que no sólo son
la mayoría, una mayoría aplastante,
que ya sólo por esta razón cuantitativa
puede considerarse como la auténtica
representativa de los intereses generales,
sino que son la mayoría injustamente
deshumanizada. En ese sentido, no pueden ser
las clases dominantes el criterio de su orientación,
sino los intereses objetivos, científicamente
procesados, de las mayorías pobres.”
(*)
¡Vamos carajo! Le daba ganas de gritar
como en la cancha del barrio.
No se lo veía que hubiera pasado mucho
hambre que digamos, y usaba palabras complicadas,
pero le gustaba lo que hablaba el hombre de
camisa blanca… entusiasmado miró
alrededor, pero al levantar la vista notó
con sorpresa que la mitad parecían
dormidos, unos miraban su celular y apretaban
botones y otros con disimulo se encaminaban
hacia la puerta. ¿Qué pasaría
por sus cabezas?, ¿Por qué estarían
preocupados estos pibes?
Pero más allá del publico, algo
adentro le decía que eso estaba bueno,
y de alguna manera sentía ahora que
esos pasillos, aulas y sillas tenían
algo que ver con él.
“No queremos entrar aquí en la
espinosa cuestión de la relación
entre un saber práctico y un saber
teórico, entre una cultura popular
y una cultura procesada, entre conciencia
de clase y ciencia de clase. Tan sólo
queremos afirmar que esas dos formas de saber
se complementan o deben complementarse y no
excluirse o destruirse.
Para que se dé esta colaboración
se requiere por lo tanto, establecer canales
para que las mayorías se hagan efectivamente
presentes en la universidad y para que la
universidad se haga efectivamente presente
en las mayorías.”
Aunque de esta última frase no había
entendido nada, y a pesar de la mirada intermitente
del de seguridad, ahora sí que se sintió
a gusto y como en su casa... pero no hubo
tanto tiempo para sentirse cómodo,
ni para pensar mucho, la primera conciencia
que tomó fue de la hora y de que si
no salía rápido no iba a juntar
ni la mitad de los cartones que había
juntado el día anterior.
El carro (aporte involuntario de un reconocido
supermercado) estaba donde lo había
dejado.
Nuevamente a caminar y revisar las bolsas,
cajas y demases.
Mientras buscaba lo suyo recordaba lo que
había escuchado. Y pensaba en su paseo
por eso que llaman “universidad”.
Estaba contento.
Volvió en el tren (el blanco, ese que
filmaron estudiantes), llegó a la casilla
con lo suyo y los suyos.
Cena y a la cama.
Medio en sueños las ideas circulaban
en su cabeza, le había gustado eso
de que la universidad no estuviera hecha sólo
para aquellos a los que la vida les ha dado
tanto. Hoy descubría que era justamente
para los que por la injusticia se quedaron
sin nada. Y que todo ese asunto no estuviera
hecho en primer lugar para el beneficio de
los que estaban ahí todo el día
era raro, pero bueno.
Pero se había quedado con la idea de
que el que hablaba hoy tenía un problema
y a él se le había ocurrido
una propuesta.
Se imaginó él mismo dando una
conferencia, y explicándoles que para
que esas ideas funcionen, para que se puedan
poner en práctica ,lo que habría
que hacer es levantar un poco la mirada para
afuera. En medio de su conferencia imaginada
con una sonrisa, pensó: quizás
no venga nada mal a nadie darse una vuelta
en el tren con una bolsa llena de cartones…
Al mirar desde allí la economía,
la historia, las leyes, tal vez salgan cosas
nuevas.
* Ellacuría Ignacio “Escritos
universitarios” San Salvador 1999.
« |
|
|
|
|
|
|
 |
| LF13 pág. 06-07,
2005. |
|
|