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Diego Couzo, info@diariolaflecha.org artículo 4 de 8
 
  LA ALEGRIA DE LA CAVERNA  
  En tanto animales racionales, animales simbólicos o, simplemente, animales, ingresamos en la facultad por muchos motivos: ascenso social, incorporación de nuevos saberes, adquisición de conocimientos que nos permitan comprender y transformar la sociedad, porque ma y pa quieren lo mejor para el nene, porque no hay otra cosa que hacer... En fin, la lista puede extenderse hasta el infinito y más allá. Las causas por las que se ocupa ese lugar de privilegio en el aula, pueden ser tantas como los alumnos que hay en esta bendita universidad. Ese lugar que ocupamos, esa silla a la que le falta el tablero, esa asiento con el respaldo quebrado, esa aula que no tiene ventilación suficiente como para afrontar los calores de marzo o noviembre, supone un compromiso. En varios niveles. Primero, un compromiso con la sociedad que debe ser transformada, a fin de tornarse mas justa. Los estudiantes no deberíamos mirar para otro lado, cuando se toque el tema. Segundo, es a partir de que ingresamos en ese microclima llamado aula, cuando nos disponemos a aprender, a despojarnos del conocimiento de la vida cotidiana. Tercero, con nosotros mismos. Si aprendimos, o no, es algo que alguien juzga – el docente –, pero resulta interesante el sinceramiento con uno mismo.

Adentro de las cuatro paredes, hay, básicamente, dos actores importantes. El profe y los alumnos. En algunos casos admirados, en otros detestados, en otros tantos ignorados, los profesores soportan y son soportados. La mayoría gana una miseria de sueldo o trabaja ad honorem. Lo bueno, es que, en muchos casos, eso no repercute en su forma de enseñar, en la garra que le ponen a cada clase. Porque lo que transmiten, además, es su interés y su pasión por lo que están enseñando. Un valor agregado con el que siempre se quiere uno topar en una cursada. Docentes que se toman trabajos extras, como buscar videos de la década del ’20, nada más que para contextualizar una cita al pie de pagina, o que buscan nuevas formas de explicar lo que no se comprendió (gesto acompañado con cara de preocupación), o tipos que observan la mirada de desconcierto, cual vaca que mira al tren, cuando Horkheimer y Adorno nos dirigen la palabra.
Pero la intención de ganar prestigio, sin entregar nada a cambio, o la idea de ejercer con malos modos el poder que confiere la enseñanza, hace que algunos profesores olviden cual es su verdadero rol: compartir conocimiento. No capitalizar la palabra, no transmitir dogmas, no sentirse amo y señor del alumno mientras éste yace en su pupitre, no destrozar la maqueta que tanto tiempo llevó confeccionar (con la excusa de que está “mal”), es un ejercicio que otros tantos deberían proponerse. Es más agradable ver a un profesor que se para gustoso a dar un tema frente a 60 monos, que uno que cree que nos está haciendo el favor de estar ahí de pie, “gastando tiempo valioso para él”. Esta actitud, ejercer casi casi una tiranía, puede ser un obstáculo en el aprendizaje.

Del otro lado del mostrador, los alumnos : charlar del partido de excursionistas, de la salida del sábado, de lo interesante que resulta la explicación, de lo lindo que es ese chico, de lo buena que está esa mina, puede tornarse una verdadera molestia. Sería triste darse cuenta de ello, si alguna vez nos toca estar de aquel lado, y se produce un coloquio en nuestras narices, en murmullo incesante, al que solo le falta el cafecito. Los textos deben leerse antes de la clase. Deberían. El debate en este punto se hace más intrincado. Lo cierto es que hace más fácil el trabajo del que está hablando, con una tiza en la mano, preguntando si entendimos. Los celulares tampoco ayudan mucho. La cucaracha, los simpsons, los simuladores y afines podrían guardar silencio al menos por unas horas, hasta que ese extraño que me interpela diga: “Nos vemos la próxima”. Callar una duda no es bueno para nuestra salud académica. Pero solventar nuestros conflictos existenciales / filosóficos en la cursada, lo será para el alumnado entero.
De la suma de estos deberes y derechos, de un bando y otro, resulta la clase. Si todo sale bien, habrá sido, a la vez, expositiva, participativa y entretenida. El equilibrio se consigue por el contrapeso de los dos actores. Si uno no aporta, se precipita lo inevitable: el conocimiento se construye precariamente.«

 
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LF13 pág. 05, 2005.
 
 

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