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En
tanto animales racionales, animales simbólicos
o, simplemente, animales, ingresamos en la
facultad por muchos motivos: ascenso social,
incorporación de nuevos saberes, adquisición
de conocimientos que nos permitan comprender
y transformar la sociedad, porque ma y pa
quieren lo mejor para el nene, porque no hay
otra cosa que hacer... En fin, la lista puede
extenderse hasta el infinito y más
allá. Las causas por las que se ocupa
ese lugar de privilegio en el aula, pueden
ser tantas como los alumnos que hay en esta
bendita universidad. Ese lugar que ocupamos,
esa silla a la que le falta el tablero, esa
asiento con el respaldo quebrado, esa aula
que no tiene ventilación suficiente
como para afrontar los calores de marzo o
noviembre, supone un compromiso. En varios
niveles. Primero, un compromiso con la sociedad
que debe ser transformada, a fin de tornarse
mas justa. Los estudiantes no deberíamos
mirar para otro lado, cuando se toque el tema.
Segundo, es a partir de que ingresamos en
ese microclima llamado aula, cuando nos disponemos
a aprender, a despojarnos del conocimiento
de la vida cotidiana. Tercero, con nosotros
mismos. Si aprendimos, o no, es algo que alguien
juzga – el docente –, pero resulta
interesante el sinceramiento con uno mismo.
Adentro de las cuatro paredes, hay, básicamente,
dos actores importantes. El profe y los alumnos.
En algunos casos admirados, en otros detestados,
en otros tantos ignorados, los profesores
soportan y son soportados. La mayoría
gana una miseria de sueldo o trabaja ad honorem.
Lo bueno, es que, en muchos casos, eso no
repercute en su forma de enseñar, en
la garra que le ponen a cada clase. Porque
lo que transmiten, además, es su interés
y su pasión por lo que están
enseñando. Un valor agregado con el
que siempre se quiere uno topar en una cursada.
Docentes que se toman trabajos extras, como
buscar videos de la década del ’20,
nada más que para contextualizar una
cita al pie de pagina, o que buscan nuevas
formas de explicar lo que no se comprendió
(gesto acompañado con cara de preocupación),
o tipos que observan la mirada de desconcierto,
cual vaca que mira al tren, cuando Horkheimer
y Adorno nos dirigen la palabra.
Pero la intención de ganar prestigio,
sin entregar nada a cambio, o la idea de ejercer
con malos modos el poder que confiere la enseñanza,
hace que algunos profesores olviden cual es
su verdadero rol: compartir conocimiento.
No capitalizar la palabra, no transmitir dogmas,
no sentirse amo y señor del alumno
mientras éste yace en su pupitre, no
destrozar la maqueta que tanto tiempo llevó
confeccionar (con la excusa de que está
“mal”), es un ejercicio que otros
tantos deberían proponerse. Es más
agradable ver a un profesor que se para gustoso
a dar un tema frente a 60 monos, que uno que
cree que nos está haciendo el favor
de estar ahí de pie, “gastando
tiempo valioso para él”. Esta
actitud, ejercer casi casi una tiranía,
puede ser un obstáculo en el aprendizaje.
Del otro lado del mostrador, los alumnos :
charlar del partido de excursionistas, de
la salida del sábado, de lo interesante
que resulta la explicación, de lo lindo
que es ese chico, de lo buena que está
esa mina, puede tornarse una verdadera molestia.
Sería triste darse cuenta de ello,
si alguna vez nos toca estar de aquel lado,
y se produce un coloquio en nuestras narices,
en murmullo incesante, al que solo le falta
el cafecito. Los textos deben leerse antes
de la clase. Deberían. El debate en
este punto se hace más intrincado.
Lo cierto es que hace más fácil
el trabajo del que está hablando, con
una tiza en la mano, preguntando si entendimos.
Los celulares tampoco ayudan mucho. La cucaracha,
los simpsons, los simuladores y afines podrían
guardar silencio al menos por unas horas,
hasta que ese extraño que me interpela
diga: “Nos vemos la próxima”.
Callar una duda no es bueno para nuestra salud
académica. Pero solventar nuestros
conflictos existenciales / filosóficos
en la cursada, lo será para el alumnado
entero.
De la suma de estos deberes y derechos, de
un bando y otro, resulta la clase. Si todo
sale bien, habrá sido, a la vez, expositiva,
participativa y entretenida. El equilibrio
se consigue por el contrapeso de los dos actores.
Si uno no aporta, se precipita lo inevitable:
el conocimiento se construye precariamente.«
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| LF13 pág. 05,
2005. |
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