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Por
diversas circunstancias de la vida conocemos
a muchas personas, algunas por decisión
y otras simplemente porque “nos tocó
conocerlas”. Personas de diferentes
clases sociales, con modos de ver y concebir
la vida distintos, con gustos e ideas opuestas,
formas diferentes de actuar, de hablar…
Quizá sea algo de esto y algunas
experiencias de encuentros y desencuentros,
lo que me llevó a preguntarme hasta
qué punto la clase social en la que
nacimos, el país, la época,
la familia determinan nuestra existencia.
El sociólogo francés Pierre
Bourdieu se refiere al tema y desarrolla
algo que va a ser central en su teoría
sociológica: el concepto de habitus.
El habitus es el conjunto de disposiciones
que tenemos por haber nacido en una determinada
clase, esto es, una determinada manera de
ver, actuar y concebir el mundo. Bourdieu
no se alinea ni en el extremo del determinismo
mecanicista, ni en el extremo del subjetivismo.
Busca la reconciliación de estas
dos posturas, sosteniendo que, lo que en
realidad se da, es una “interiorización
de la exterioridad”. Es decir, que
a través del habitus, se interiorizan
las condiciones sociales de existencia de
clase, y se vuelven naturales, necesarias.
Cada uno se queda en su molde.
Siguiendo esta idea, uno podría sostener
que hay personas que se “salen del
molde”.Conozco dos ejemplos. Lucas
es un chico que nació en Barrio Norte,
en una “familia bien”, y que
a los 21 se fue a vivir a una villa, cuestionado
por la pobreza y buscando “ser y vivir
como ellos”. Gastón es un chico
que se crió en una familia de clase
media baja, (lo que los medios suelen llamar
“clase trabajadora”), y en la
que hace 8 años su viejo empezó
a reflotar. Hoy Gastón estudia Administración
de Empresas en la UCA.
Habitualmente hay una correlación
esperable entre las motivaciones y necesidades
que tiene una persona y aquello que es probable
que pueda alcanzar. “Las prácticas
más improbables se encuentran excluidas
sin examen alguno, a título de lo
impensable, por esa especie de sumisión
inmediata al orden, que inclina a hacer
de la necesidad una virtud”, sostiene
el sociólogo. Habría, entonces,
una anticipación del porvenir, lo
que, según Bourdieu, en el lenguaje
deportivo se llama “sentido del juego”.
El sentido del juego es el arte de anticipar
prácticamente el porvenir inscrito
en el presente. Todo lo que se da en el
juego parece sensato, correcto, orientado
a una dirección razonable. Si se
suspende la adhesión al juego, el
mundo y las acciones y prácticas
que se desarrollan en él se vuelven
absurdas.
Cuando uno está entregado al juego
no es consciente del juego al que está
sometido, ni las preguntas sobre el sentido
del mundo y de la vida son una preocupación.
“Se nace en el juego, con el juego”,
por eso se ignora que se está dentro
de él. Y por eso el buen funcionamiento
del juego está garantizado, porque
hay una adhesión al juego indiscutida.
Si bien uno nace en una determinada familia,
educado de tal forma, es posible ir un poco
más allá de las fronteras
de lo pensable. Discutir lo que siempre
dimos por sentado. Pero el tema es: ¿hasta
qué punto? Porque Lucas no puede
pensar ni actuar como un chico de una villa,
ni Gastón puede actuar y pensar como
un chico de Belgrano. Hay marcas de origen,
que no tiene que ver con ser mejor o peor,
pero están ahí.
Cuando uno empieza a darse cuenta de que
lo que “mamó” de chiquito
puede ser de otra manera, y decide cambiar,
comienza a ser un excéntrico para
los otros. Excéntrico: el que pierde
el centro o cambia de centro. “Está
medio raro”, “antes no era así”,
opinan los amigos de la infancia. Y tal
vez no sea más que ejercer la libertad
para encontrar el propio camino. ¿Cómo
escapar de la historia? Las condiciones
están ahí, inscritas en el
ser ¿Hay que borrar lo que somos
y empezar de cero? ¿Se puede cambiar?
¿Es posible que, a partir de cambiar
nuestra mirada sobre lo que somos y lo que
no somos, convirtamos en “pensable”
una nueva realidad? ¿Es una utopía…?
¿O también esto forma parte
de lo impensable?.«
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