« La Flecha 10 | El Juego
   
Ivana Lombroni, info@diariolaflecha.org artículo 8 de 10
 
  LATENOLA  
 

Estaba en la parada del 505 que me llevaba a Paso del Rey. Como suele suceder con los colectivos, el que esperaba no pasaba. De pronto comenzó a llenarse la parada de chicos con guardapolvo. Algunos charlaban, dos se cargaban, uno muy chiquitito no soltaba la mano de la que sería su hermana.
El colectivo seguía sin pasar y, entonces, a forma de pasatiempo un chico sacó de su bolsillo una pila de papelitos rectangulares, perfectamente planchaditos que empezó a mover de a uno, de una mano hacia la otra. ¡¡Figuritas!! mi corazón vibró y enseguida saltaron a mi cabeza un montón de recuerdos de mis recreos en la escuela primaria: las bolitas, la Marinerita, la Mancha (¡¡Cuidado que Maaanchaaaa!!). Después de colgarme unos minutos, regresé y empecé a prestar atención a lo que hacían los tres chicos que cambiaban sus figuritas.
- Late, late, late, late nola, late, late, nola (la tengo y no la tengo, digo, porque antes no se usaban) late, late, nooo la, ésa te la cambio!!!! - Bueno, pero te la cambio por tres metalizadas.

Cuando escuché eso mi pensamiento se vió turbado. Las figuritas no son ni habían sido un simple e inocente juego. Las figuritas son todo un negocio.
Y, como es costumbre, mis reflexiones no tardaron más que unos instantes en desviarse para zonas remotas. Y de golpe me asaltó la pregunta: y si las figuritas son uno de los ritos iniciáticos en el capitalismo ¿qué pasa con los otros juegos que jugamos y que juegan los chiquitos?
Los pensamientos se mezclaron con teoría y recordé que alguien me había comentado que hay formas de aprender a jugar. Una es cuando alguien te enseña; por ejemplo un hermano te enseña a jugar al huevo podrido; y otra es por simulación, o sea, viste algo y después lo simulás, imitás eso que viste.
Ahí fue cuando vino el caos y las ideas más extrañas afloraron en mi cabeza y pensé en los chicos de hoy.
Si los chicos aprenden a jugar a la mamá y al papá por lo que ven en sus casas, en un alto porcentaje de los casos deben incorporar en el juego los gritos y el divorcio. Si aprenden de la Rímolo a jugar al doctor no hay nene que dure como enfermo.
¿Quién no jugó al banco alguna vez con los billetes viejos y algún sello?. Hoy deben simular las largas colas y ¿algunos jugarán a encerrarse en la habitación mientras otros desde afuera juegan a ser ahorristas?
Martín Pescador, dulce de leche y chocolate o frutilla y crema, eran habituales. En la actualidad no sólo habría que agregarle gustos como banana split o torronchino sino que también se debe cobrar peaje. ¿Y jugar a manejar? Vamos,¿quién no puso todas las sillas de la cocina como si fueran un colectivo o un auto y movía las manos con un plato de plástico o alguna tapa?, desde ya que sin sufrir la posibilidad de que te tiren de la silla para sacarte el auto y menos que se lo lleven con vos adentro.
Un clásico era el ladrón y el policía. Estaban los buenos y los malos. Ahora también pero a veces a los chicos (y a los grandes) les cuesta distinguir cuál es cual.
Intenté dejar de pensar en todo esto. Pero fue inevitable que me quedara una sensación amarga adentro. Puede ser que nosotros seamos grandes y como hemos aprendido, a estas alturas (desgraciadamente) no juguemos. Pero pensemos ¿qué estamos presentando? Después nos sorprendemos de que muchos sólo sepan jugar a los gritos, piñas y patadas o que imiten perfecto y para saludarte te digan, poniendo firmemente un dedo sobre la espalda: ¡Dale guacho, dame toda la plata o te quemo!

A ordenar, a ordenar, cada cosa en su lugar, cantaba la seño y de a poco íbamos guardando los cubos en el baúl, los libritos en la repisa y los crayones en la caja. La cuestión es que hoy, de acuerdo a como están las cosas, no se tiene nada claro cuál es el lugar y qué es ordenar.«

 
  arriba »  
ver todos los artículos »  
LF10 pág. 08, 2004.
 
 

» ver extras de esta edición