Estaba
en la parada del 505 que me llevaba a Paso
del Rey. Como suele suceder con los colectivos,
el que esperaba no pasaba. De pronto comenzó
a llenarse la parada de chicos con guardapolvo.
Algunos charlaban, dos se cargaban, uno
muy chiquitito no soltaba la mano de la
que sería su hermana.
El colectivo seguía sin pasar y,
entonces, a forma de pasatiempo un chico
sacó de su bolsillo una pila de papelitos
rectangulares, perfectamente planchaditos
que empezó a mover de a uno, de una
mano hacia la otra. ¡¡Figuritas!!
mi corazón vibró y enseguida
saltaron a mi cabeza un montón de
recuerdos de mis recreos en la escuela primaria:
las bolitas, la Marinerita, la Mancha (¡¡Cuidado
que Maaanchaaaa!!). Después de colgarme
unos minutos, regresé y empecé
a prestar atención a lo que hacían
los tres chicos que cambiaban sus figuritas.
- Late, late, late, late nola, late, late,
nola (la tengo y no la tengo, digo, porque
antes no se usaban) late, late, nooo la,
ésa te la cambio!!!! - Bueno, pero
te la cambio por tres metalizadas.
Cuando escuché eso mi pensamiento
se vió turbado. Las figuritas no
son ni habían sido un simple e inocente
juego. Las figuritas son todo un negocio.
Y, como es costumbre, mis reflexiones no
tardaron más que unos instantes en
desviarse para zonas remotas. Y de golpe
me asaltó la pregunta: y si las figuritas
son uno de los ritos iniciáticos
en el capitalismo ¿qué pasa
con los otros juegos que jugamos y que juegan
los chiquitos?
Los pensamientos se mezclaron con teoría
y recordé que alguien me había
comentado que hay formas de aprender a jugar.
Una es cuando alguien te enseña;
por ejemplo un hermano te enseña
a jugar al huevo podrido; y otra es por
simulación, o sea, viste algo y después
lo simulás, imitás eso que
viste.
Ahí fue cuando vino el caos y las
ideas más extrañas afloraron
en mi cabeza y pensé en los chicos
de hoy.
Si los chicos aprenden a jugar a la mamá
y al papá por lo que ven en sus casas,
en un alto porcentaje de los casos deben
incorporar en el juego los gritos y el divorcio.
Si aprenden de la Rímolo a jugar
al doctor no hay nene que dure como enfermo.
¿Quién no jugó al banco
alguna vez con los billetes viejos y algún
sello?. Hoy deben simular las largas colas
y ¿algunos jugarán a encerrarse
en la habitación mientras otros desde
afuera juegan a ser ahorristas?
Martín Pescador, dulce de leche y
chocolate o frutilla y crema, eran habituales.
En la actualidad no sólo habría
que agregarle gustos como banana split o
torronchino sino que también se debe
cobrar peaje. ¿Y jugar a manejar?
Vamos,¿quién no puso todas
las sillas de la cocina como si fueran un
colectivo o un auto y movía las manos
con un plato de plástico o alguna
tapa?, desde ya que sin sufrir la posibilidad
de que te tiren de la silla para sacarte
el auto y menos que se lo lleven con vos
adentro.
Un clásico era el ladrón y
el policía. Estaban los buenos y
los malos. Ahora también pero a veces
a los chicos (y a los grandes) les cuesta
distinguir cuál es cual.
Intenté dejar de pensar en todo esto.
Pero fue inevitable que me quedara una sensación
amarga adentro. Puede ser que nosotros seamos
grandes y como hemos aprendido, a estas
alturas (desgraciadamente) no juguemos.
Pero pensemos ¿qué estamos
presentando? Después nos sorprendemos
de que muchos sólo sepan jugar a
los gritos, piñas y patadas o que
imiten perfecto y para saludarte te digan,
poniendo firmemente un dedo sobre la espalda:
¡Dale guacho, dame toda la plata o
te quemo!
A ordenar, a ordenar, cada cosa en su lugar,
cantaba la seño y de a poco íbamos
guardando los cubos en el baúl, los
libritos en la repisa y los crayones en
la caja. La cuestión es que hoy,
de acuerdo a como están las cosas,
no se tiene nada claro cuál es el
lugar y qué es ordenar.«
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