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Valera Garay, info@diariolaflecha.org artículo 7 de 10
 
  RECLUSOS HUMANOS  
 

Aún existe algo que se llama mercado laboral. Ese difuso sistema en el que todos queremos tener parte. Existe. Dentro de él hay mundos y submundos. En cada uno, personas que se relacionan, quieran o no. De ese encuentro interpersonal dependen los éxitos y los fracasos. Las empresas lo saben -las empresas lo saben todo-, y lo que antes se llamaba “Departamento de Personal”, hoy es “Recursos Humanos”,porque parece que los idem nos dimos cuenta de que las personas y sus combinaciones, son la variable más rica para cualquier emprendimiento. Por esta simple causa se viene rompiendo la cabeza mucha gente para ver cómo superar las dificultades de comunicación, y optimizar las capacidades de cada uno. Somos seres complicados, al final.

Los consejos y las charlas,advertencias y despidos, no sirvieron de escarmiento. Fue necesario intentar cosas nuevas y los especialistas inventaron entonces dinámicas de entrenamiento social; desde la resolución de simples rompecabezas hasta los llamados “Outings”, días de campo que el esnobismo bautiza en otro idioma para referirse a jornadas enteras en que los empleados de algunas organizaciones se ven obligados a interactuar de manera lúdica y, a veces, si no vergonzante, por lo menos un poco vergonzosa…¡¡¡Los obligan a jugar!!! Claro, igual que con las animadoras en los cumpleaños, hay que respetar las consignas, o corrés el riesgo de resultar un descastado indeseable malaonda.

¿Para qué? ¿Por qué tengo que soportar a Fernández gritándome cuando no logro subirme a la pirámide humana? Bué, porque parece que jugar juntos -si logramos pasar airosos por el ridículo- sirve para algo.

Las Ciencias de la Educación opinan que el juego está presente en las bases de los procesos de aprendizaje. Intervienen en la superación de dificultades, en la facultad de enfrentar los desafíos, en el reconocimiento de las habilidades y limitaciones propias y ajenas. Desde que nacemos jugamos roles de intercambio con nuestras madres y quienes nos cuidan, observamos e imitamos, practicamos las entradas por turnos...
Cuando el juego nos pone en relación con el otro encontramos una gran motivación para el aprendizaje. Esa relación, para ser efectiva debe involucrar afectividad, deseo de intercambio, confianza y creer en la capacidad del otro. Implica encontrarse con lo nuevo y desconocido, supone un esfuerzo por salir de sí. A través del contacto con otras miradas adquirimos nuevas perspectivas, descubrimos nuevos caminos para resolver situaciones. Todas estas actividades ocupan un lugar especial en nuestras vidas. Un chico que no juega es objeto de preocupación: jugar es natural.¿Qué convierte entonces al juego en algo incómodo y ridículo? Tal vez su desnaturalización.
Cuando no existe confianza en el otro, es muy difícil que se produzca un logro verdadero; por el contrario, se desata una tensión tal que deseo enviar a Fernández al lugar de donde vino. Entramos en zona de riesgo cuando el sistema se traga y se apropia de nuestras capacidades innatas, las regula y organiza según su conveniencia.
Evidentemente el juego no es una actividad menospreciable, ni su único valor radica en la recreación que proporciona ; es un potencial disparador de ideas y generador de crecimiento ¡P...!! ¡Qué poco he estado jugando últimamente! (Excepto con Fernández y cía.)
Yo quiero aprender, desarrollar nuevas estrategias, ampliar mis horizontes, sin embargo, siento que una situación forzada jamás sacará a relucir mi lado amable (juro que lo tengo).
Tal vez deberíamos entonces desarrollar técnicas para hacer natural lo artificial. Mientras tanto quiero elegir con quién jugar. Y no soy un recurso. Perdonen, soy humana...«

 
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LF10 pág. 08, 2004.
 
 

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