Aún
existe algo que se llama mercado laboral.
Ese difuso sistema en el que todos queremos
tener parte. Existe. Dentro de él
hay mundos y submundos. En cada uno, personas
que se relacionan, quieran o no. De ese
encuentro interpersonal dependen los éxitos
y los fracasos. Las empresas lo saben -las
empresas lo saben todo-, y lo que antes
se llamaba “Departamento de Personal”,
hoy es “Recursos Humanos”,porque
parece que los idem nos dimos cuenta de
que las personas y sus combinaciones, son
la variable más rica para cualquier
emprendimiento. Por esta simple causa se
viene rompiendo la cabeza mucha gente para
ver cómo superar las dificultades
de comunicación, y optimizar las
capacidades de cada uno. Somos seres complicados,
al final.
Los consejos y las charlas,advertencias
y despidos, no sirvieron de escarmiento.
Fue necesario intentar cosas nuevas y los
especialistas inventaron entonces dinámicas
de entrenamiento social; desde la resolución
de simples rompecabezas hasta los llamados
“Outings”, días de campo
que el esnobismo bautiza en otro idioma
para referirse a jornadas enteras en que
los empleados de algunas organizaciones
se ven obligados a interactuar de manera
lúdica y, a veces, si no vergonzante,
por lo menos un poco vergonzosa…¡¡¡Los
obligan a jugar!!! Claro, igual que con
las animadoras en los cumpleaños,
hay que respetar las consignas, o corrés
el riesgo de resultar un descastado indeseable
malaonda.
¿Para qué? ¿Por qué
tengo que soportar a Fernández gritándome
cuando no logro subirme a la pirámide
humana? Bué, porque parece que jugar
juntos -si logramos pasar airosos por el
ridículo- sirve para algo.
Las Ciencias de la Educación opinan
que el juego está presente en las
bases de los procesos de aprendizaje. Intervienen
en la superación de dificultades,
en la facultad de enfrentar los desafíos,
en el reconocimiento de las habilidades
y limitaciones propias y ajenas. Desde que
nacemos jugamos roles de intercambio con
nuestras madres y quienes nos cuidan, observamos
e imitamos, practicamos las entradas por
turnos...
Cuando el juego nos pone en relación
con el otro encontramos una gran motivación
para el aprendizaje. Esa relación,
para ser efectiva debe involucrar afectividad,
deseo de intercambio, confianza y creer
en la capacidad del otro. Implica encontrarse
con lo nuevo y desconocido, supone un esfuerzo
por salir de sí. A través
del contacto con otras miradas adquirimos
nuevas perspectivas, descubrimos nuevos
caminos para resolver situaciones. Todas
estas actividades ocupan un lugar especial
en nuestras vidas. Un chico que no juega
es objeto de preocupación: jugar
es natural.¿Qué convierte
entonces al juego en algo incómodo
y ridículo? Tal vez su desnaturalización.
Cuando no existe confianza en el otro, es
muy difícil que se produzca un logro
verdadero; por el contrario, se desata una
tensión tal que deseo enviar a Fernández
al lugar de donde vino. Entramos en zona
de riesgo cuando el sistema se traga y se
apropia de nuestras capacidades innatas,
las regula y organiza según su conveniencia.
Evidentemente el juego no es una actividad
menospreciable, ni su único valor
radica en la recreación que proporciona
; es un potencial disparador de ideas y
generador de crecimiento ¡P...!! ¡Qué
poco he estado jugando últimamente!
(Excepto con Fernández y cía.)
Yo quiero aprender, desarrollar nuevas estrategias,
ampliar mis horizontes, sin embargo, siento
que una situación forzada jamás
sacará a relucir mi lado amable (juro
que lo tengo).
Tal vez deberíamos entonces desarrollar
técnicas para hacer natural lo artificial.
Mientras tanto quiero elegir con quién
jugar. Y no soy un recurso. Perdonen, soy
humana...«
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