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Valeria Garay, info@diariolaflecha.org artículo 2 de 8
 
  ME LLEVA CLIBA…  
  He desconocido con impen-sada intención la utilidad de plumeros y franelas. Ignoré deliberadamente las técnicas de limpieza hogareña. Y hoy, mientras mi mente se empeña en evadir el contenido de los apuntes, mi mirada se deposita sobre el televisor que está apagado. Pienso que su superficie se ha opacado con los años, me acerco y cometo el irremediable gesto de pasar el dedo… Ya no hay vuelta atrás. Dejé un surco con el índice que – como su nombre lo indica – señala la ahora ostensible capa de tierrita adherida… ¿Tierrita? Alergistas, ingenieros, fabri-cantes de aire acondicionado saben que no. Esos sedimentos no entraron a casa en la suela de mis zapatos. He perdido la inocencia (a manos de una revista de divulgación científica). Esa sustancia, algo pegajosa cuando se apelmaza, que tiende a la pelusa en los rincones, es, fatídicamente, producto del desgaste de mis propias células y, lo que es mucho peor, el amontonamien-to de unos bichos, que me habitan sin yo saberlo, millo-nes de insectos microscópicos parásitos de mí misma sin almohadón de plumas. Hay quien dice que, tal como acontece con la pelusa del ombligo, los desprendimientos textiles contribuyen a engrosarla .Podrán burlarse quienes quieran permanecer felices en su ignorancia acerca de qué se trata este maldito polvo doméstico.
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LF09 pág. 04, 2003.
 
 

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