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He
desconocido con impen-sada intención
la utilidad de plumeros y franelas. Ignoré
deliberadamente las técnicas de limpieza
hogareña. Y hoy, mientras mi mente
se empeña en evadir el contenido de
los apuntes, mi mirada se deposita sobre el
televisor que está apagado. Pienso
que su superficie se ha opacado con los años,
me acerco y cometo el irremediable gesto de
pasar el dedo… Ya no hay vuelta atrás.
Dejé un surco con el índice
que – como su nombre lo indica –
señala la ahora ostensible capa de
tierrita adherida… ¿Tierrita?
Alergistas, ingenieros, fabri-cantes de aire
acondicionado saben que no. Esos sedimentos
no entraron a casa en la suela de mis zapatos.
He perdido la inocencia (a manos de una revista
de divulgación científica).
Esa sustancia, algo pegajosa cuando se apelmaza,
que tiende a la pelusa en los rincones, es,
fatídicamente, producto del desgaste
de mis propias células y, lo que es
mucho peor, el amontonamien-to de unos bichos,
que me habitan sin yo saberlo, millo-nes de
insectos microscópicos parásitos
de mí misma sin almohadón de
plumas. Hay quien dice que, tal como acontece
con la pelusa del ombligo, los desprendimientos
textiles contribuyen a engrosarla .Podrán
burlarse quienes quieran permanecer felices
en su ignorancia acerca de qué se trata
este maldito polvo doméstico. «
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| LF09 pág. 04,
2003. |
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