« La Flecha 08 | Incertidumbre
   
Valeria Garay, info@diariolaflecha.org artículo 8 de 8
 
  LOCALIDADES AGOTADAS  
 

Siempre me pregunté qué tenía de maravilloso el país donde fue a parar Alicia, si en realidad todo era bastante pesadillesco. Sobre todo esa sensación permanente de falta de control de las cosas más elementales, como de qué tamaño es uno, en una eterna adolescencia que intenta responder a las remotas cuestiones filosóficas del orden de quién demonios soy y dónde estoy parado.

Y parece que el lugar donde me ubico tiene bastante que ver con lo que soy. No podemos escaparle a la espacialidad en un sentido prosaico y de ninguna manera en un sentido ontológico. Cuando busco mi lugar en este multiverso lo que pretendo es definirme en relación a los otros lugares y a las otras personas, quiero ser alguien, mucho más que una pieza en el tablero. Pero la metáfora vale, pues cada pieza tiene su función y de acuerdo a ella se para y actúa frente a las demás. Y acá empieza mi problema, cuando busco delimitar los lugares posibles en los que ubicarme a mí y al resto del mundo.

Era mucho más fácil en los libros de los primeros grados: la gente se definía por sus roles y oficios, y la ubicación espacial estaba garantizada: mamá, papá, hijo, carpintero, panadero, doctor, maestra, policía, bombero... con sus correspondientes "locales". En los libros más modernos figuran el empleado bancario y la cajera de supermercado, pero todavía no encontré ninguna cuidadora de baño de boliche, ni telemarketer o promotor, mucho menos el oficio de "comodín-apto todo servicio"... Pero la culpa no la tienen los libros escolares. Deduzco que la vida urbana y globalizada baraja otras cartas, y por eso abunda la movilidad social..... o sea la aptitud que toda la población rasa tiene para desempeñarse en cualquier puesto o en ninguno. Acabóse la era de los oficios y por más títulos que tengas siempre estarás capacitado para servir una mesa o vender ropa.

Mientras pienso en estas cosas viajo en subte, voy a bailar, a la cancha, a recitales, compro (si alguna vez compro) en shoppings, y voy al cine de los shoppings, y como fast food en los shoppings, todos ellos "no–lugares", donde nunca me conocerán el cajero, ni el boletero, ni el acomodador, ni los miles de transeúntes que deambulan ignorantes de su y mi anonimato... Esta multitud no me ayuda a saber quién soy, entonces me prendo al chat y con un seudónimo y datos falsos juego a creer que los que me hablan son de verdad. Y no soy antropofóbica, al contrario, me encanta la gente, y por eso me pongo a pensar con qué vencer esta sensación de no-persona, esta sospecha de extraño exilio, y decido, que no es poco. Decido ponerme a estudiar convencida de que mi lugar se construye también desde esta oportunidad. Decido personalizarme saludando a cada uno de mis vecinos del departamento e inclusive a los porteros de la cuadra. Decido ir menos al shopping y al "Isy" y más al localcito de acá a la vuelta y a la ferretería que aún sobrevive. Decido construir algo que va a labrar la tierra sobre la que me paro, y llamo entonces a unos cuantos y empezamos a soñar con una revista,
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LF08 pág. 10, 2003.
 
 

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