Siempre
me pregunté qué tenía
de maravilloso el país donde fue
a parar Alicia, si en realidad todo era
bastante pesadillesco. Sobre todo esa sensación
permanente de falta de control de las cosas
más elementales, como de qué
tamaño es uno, en una eterna adolescencia
que intenta responder a las remotas cuestiones
filosóficas del orden de quién
demonios soy y dónde estoy parado.
Y parece que el lugar donde me ubico tiene
bastante que ver con lo que soy. No podemos
escaparle a la espacialidad en un sentido
prosaico y de ninguna manera en un sentido
ontológico. Cuando busco mi lugar
en este multiverso lo que pretendo es definirme
en relación a los otros lugares y
a las otras personas, quiero ser alguien,
mucho más que una pieza en el tablero.
Pero la metáfora vale, pues cada
pieza tiene su función y de acuerdo
a ella se para y actúa frente a las
demás. Y acá empieza mi problema,
cuando busco delimitar los lugares posibles
en los que ubicarme a mí y al resto
del mundo.
Era mucho más fácil en los
libros de los primeros grados: la gente
se definía por sus roles y oficios,
y la ubicación espacial estaba garantizada:
mamá, papá, hijo, carpintero,
panadero, doctor, maestra, policía,
bombero... con sus correspondientes "locales".
En los libros más modernos figuran
el empleado bancario y la cajera de supermercado,
pero todavía no encontré ninguna
cuidadora de baño de boliche, ni
telemarketer o promotor, mucho menos el
oficio de "comodín-apto todo
servicio"... Pero la culpa no la tienen
los libros escolares. Deduzco que la vida
urbana y globalizada baraja otras cartas,
y por eso abunda la movilidad social.....
o sea la aptitud que toda la población
rasa tiene para desempeñarse en cualquier
puesto o en ninguno. Acabóse la era
de los oficios y por más títulos
que tengas siempre estarás capacitado
para servir una mesa o vender ropa.
Mientras pienso en estas cosas viajo en
subte, voy a bailar, a la cancha, a recitales,
compro (si alguna vez compro) en shoppings,
y voy al cine de los shoppings, y como fast
food en los shoppings, todos ellos "no–lugares",
donde nunca me conocerán el cajero,
ni el boletero, ni el acomodador, ni los
miles de transeúntes que deambulan
ignorantes de su y mi anonimato... Esta
multitud no me ayuda a saber quién
soy, entonces me prendo al chat y con un
seudónimo y datos falsos juego a
creer que los que me hablan son de verdad.
Y no soy antropofóbica, al contrario,
me encanta la gente, y por eso me pongo
a pensar con qué vencer esta sensación
de no-persona, esta sospecha de extraño
exilio, y decido, que no es poco. Decido
ponerme a estudiar convencida de que mi
lugar se construye también desde
esta oportunidad. Decido personalizarme
saludando a cada uno de mis vecinos del
departamento e inclusive a los porteros
de la cuadra. Decido ir menos al shopping
y al "Isy" y más al localcito
de acá a la vuelta y a la ferretería
que aún sobrevive. Decido construir
algo que va a labrar la tierra sobre la
que me paro, y llamo entonces a unos cuantos
y empezamos a soñar con una revista,
panfleto, qué se yo ....«
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