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SER
O NO SER TIDUMBRE ¿Postmodernidad?
Si así quieren llamarlo... por mí
está bien. Hace tiempo que se discute
el tema y se sigue debatiendo acerca de los
cambios acelerados que vivimos y que abren
la pregunta de si estamos en la modernidad,
en la alta modernidad o en la postmodernidad.
Yo no sé bien en que época estamos
y no sé si importa tampoco ponerle
un nombre. Hasta ahora las ciencias empíricas
han dominado el ámbito de las ciencias
sociales y humanas varias décadas,
poniéndoles nombre a los cambios, delimitando,
categorizando, separando y definiendo. Hoy
ya no se explica tan simple, el mundo cambió
mucho y sigue cambiando constantemente y las
teorías deterministas hacen agua a
la hora de explicar el funcionamiento de estos
nuevos fenómenos sociales.
Antes, la teoría evolucionista nos
marcaba el paso hacia momentos superadores,
pero hoy la concepción de lo social
es discontinuista, damos saltos hacia diferentes
caminos y a veces hacia muchos caminos a la
vez. El sociólogo alemán, Nicklas
Luhman describe lo social como sistemas complejos,
dinámicos y autorreferenciales que
están a su vez en continua relación
con el entorno. En definitiva parece como
si todo fuera un gran caos indeterminado.
Pero no es tan así, los sistemas a
su vez tienden a su autorreproducción,
a una cierta estabilidad, una retroalimentación
en la que los factores se refuerzan y se equilibran
entre sí, funcionan como un todo en
armonía: una inmensa orquesta en la
que cada instrumento tiene su protagonismo
individual pero a la vez se acompañan,
anticipan e introducen al otro, marcan el
ritmo y crean una melodía que suena
en conjunto.
Caos, pero organizado
Estamos en un sistema globalmente unificado
en un espacio y un tiempo coordinado, pero
al estar más unidos tenemos acceso
a una pluralidad de estilos de vida, costumbres
y culturas. Es una sociedad compleja que mantiene
la puerta siempre abierta a nuevas posibilidades.
Ya no hay verdades absolutas, se ha institucionalizado
el principio de duda radical, todo conocimiento
sólo lleva a la idea de hipótesis.
Creemos en las investigaciones científicas
porque aprendimos que así tenía
que ser, pero quién dice que lo racional
es una fuente confiable. La guerra mundial
y la industrialización, son dos ejemplos
de racionalidad extrema que nos hicieron perder
la fe en el progreso y pensar que la historia
no conduce a ninguna parte. La tecnología
avanza y crea a su paso nuevos parámetros
de riesgo y peligro, el mundo de hoy introduce
aspectos que las generaciones anteriores no
tuvieron que afrontar, la infección
del virus del SIDA, las ondas electromagnéticas
que emiten los teléfonos celulares,
los mecanismos económicos que colapsaron,
las catástrofes ecológicas,
y ¿para qué hay tanto armamento
nuclear?¿para no usarlo?
A no desesperar... no todo es tan laberíntico
como parece, tendemos a pensar que todo tiempo
pasado fue mejor, que antes había más
seguridad, que había menos hambre,
que todo era más simple y que se vivía
más feliz. Es verdad que hace unas
décadas no era común que uno
viviera la vorágine de cambios que
podemos presenciar ahora, pero la incertidumbre
fue siempre más o menos igual. Hoy
tomamos un tren y sabemos el destino y cuánto
va a tardar. En la antigüedad, quien
emprendía un viaje no sabía
qué le deparaba, se enfrentaba a una
travesía llena de peligros e inclusive
la muerte sería muy probable. Hoy tememos
una catástrofe ecológica, pero
antes se temían los peligros de tormentas,
sequías o terremotos. Los índices
de mortalidad infantil eran altísimos
y muchos sufrían de enfermedades crónicas
y epidemias. Lo que aumenta entonces es la
complejidad del sistema, pero la incertidumbre
no desaparece ni se incrementa, cambia.
Dormí sin frazada
Sabemos que la relación con los otros
y la relación con el mundo no tiene
fórmula, sería muy aburrido
si la tuviera, si fueramos Alfas, Betas o
Epsilones en "Un mundo feliz". Pero
tampoco podemos vivir en un mundo de indeterminación,
necesitamos confiar para afrontar esa incertidumbre.
Todos sabemos que al subir una escalera no
vamos a caer al infinito, que si prendemos
la luz vamos a ver mejor, sin embargo no reflexionamos
acerca de cuántos electrones están
corriendo por los cables detrás de
las paredes. Vamos al médico y sin
cuestionarle demasiado tomamos los remedios
que nos receta, no lo haríamos si tuviéramos
en mente los errores que se cometen en los
hospitales y en los quirófanos. Si
tomamos un avión, la amabilidad de
la tripulación nos hace permanecer
en una calma tal como si estuviéramos
deambulando por una verde pradera. Funciona
así cada vez que alguien abre la canilla,
manda una carta, hace un depósito en
el banco, hace un llamado o manda un mail;
hay una enorme área de acciones seguras
y coordinadas que hacen posible la vida cotidiana.
La confianza se aprende y se construye en
el intercambio de información en el
ambiente familiar y también en la relación
con la información compartida con el
mundo y la sociedad. Es una ilusión,
pero al mismo tiempo busca su apoyo en datos
objetivos. Las relaciones personales pueden
contribuir a la confianza en la sinceridad
y los sistemas abstractos como medios de comunicación
con la verdad. Nos sumiríamos en una
angustia existencial si nos preocupáramos
las 24 horas del día sobre la posibilidad
de riesgo, es por eso que hacemos un pacto
de fiabilidad con la sociedad en la que vivimos.
¿Y entonces... en qué confiamos?
Mientras el mundo va tomando una apariencia
más y más amenazante tendemos
a encontrar distintas fórmulas para
afrontar esta incertidumbre, y esto lo hacemos
todos, necesitamos confiar en el mundo que
construimos y en las personas. Pero cada uno
elige su táctica, algunos convierten
su vida en una interminable búsqueda
de la salud y bienestar a través del
cuidado físico, las dietas, la autoayuda.
Otros toman posiciones adaptativas, "esto
es un quilombo, que va’ hacer",
se dedican a sobrevivir, creen que lo que
está en el mundo exterior es un enmarañamiento
imposible de solucionar, se quedan haciendo
la plancha sintiendo la sensación de
flotar, fabrican una balsa y permanecen en
la superficie, conformándose apenas
con tocar el agua. Otros toman la supuesta
fatalidad con humor, se encierran en un pesimismo
cínico y parodian la vida real que
se dirige a un fin apocalíptico. Y
los que creen en las utopías, se comprometen,
ven los riesgos pero confían, se zambullen,
van hasta el fondo, vuelven a subir, hacen
olas en otra dirección, intentan nadar
contra corriente.«
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| LF08 pág. 06-07,
2003. |
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