« La Flecha 08 | Incertidumbre
   
Maria Gutiérrez Pechemiel, info@diariolaflecha.org artículo 5 de 8
 
  SER O NO SER TIDUMBRE  
  SER O NO SER TIDUMBRE
¿Postmodernidad?
Si así quieren llamarlo... por mí está bien. Hace tiempo que se discute el tema y se sigue debatiendo acerca de los cambios acelerados que vivimos y que abren la pregunta de si estamos en la modernidad, en la alta modernidad o en la postmodernidad. Yo no sé bien en que época estamos y no sé si importa tampoco ponerle un nombre. Hasta ahora las ciencias empíricas han dominado el ámbito de las ciencias sociales y humanas varias décadas, poniéndoles nombre a los cambios, delimitando, categorizando, separando y definiendo. Hoy ya no se explica tan simple, el mundo cambió mucho y sigue cambiando constantemente y las teorías deterministas hacen agua a la hora de explicar el funcionamiento de estos nuevos fenómenos sociales.

Antes, la teoría evolucionista nos marcaba el paso hacia momentos superadores, pero hoy la concepción de lo social es discontinuista, damos saltos hacia diferentes caminos y a veces hacia muchos caminos a la vez. El sociólogo alemán, Nicklas Luhman describe lo social como sistemas complejos, dinámicos y autorreferenciales que están a su vez en continua relación con el entorno. En definitiva parece como si todo fuera un gran caos indeterminado. Pero no es tan así, los sistemas a su vez tienden a su autorreproducción, a una cierta estabilidad, una retroalimentación en la que los factores se refuerzan y se equilibran entre sí, funcionan como un todo en armonía: una inmensa orquesta en la que cada instrumento tiene su protagonismo individual pero a la vez se acompañan, anticipan e introducen al otro, marcan el ritmo y crean una melodía que suena en conjunto.

Caos, pero organizado
Estamos en un sistema globalmente unificado en un espacio y un tiempo coordinado, pero al estar más unidos tenemos acceso a una pluralidad de estilos de vida, costumbres y culturas. Es una sociedad compleja que mantiene la puerta siempre abierta a nuevas posibilidades. Ya no hay verdades absolutas, se ha institucionalizado el principio de duda radical, todo conocimiento sólo lleva a la idea de hipótesis. Creemos en las investigaciones científicas porque aprendimos que así tenía que ser, pero quién dice que lo racional es una fuente confiable. La guerra mundial y la industrialización, son dos ejemplos de racionalidad extrema que nos hicieron perder la fe en el progreso y pensar que la historia no conduce a ninguna parte. La tecnología avanza y crea a su paso nuevos parámetros de riesgo y peligro, el mundo de hoy introduce aspectos que las generaciones anteriores no tuvieron que afrontar, la infección del virus del SIDA, las ondas electromagnéticas que emiten los teléfonos celulares, los mecanismos económicos que colapsaron, las catástrofes ecológicas, y ¿para qué hay tanto armamento nuclear?¿para no usarlo?

A no desesperar... no todo es tan laberíntico como parece, tendemos a pensar que todo tiempo pasado fue mejor, que antes había más seguridad, que había menos hambre, que todo era más simple y que se vivía más feliz. Es verdad que hace unas décadas no era común que uno viviera la vorágine de cambios que podemos presenciar ahora, pero la incertidumbre fue siempre más o menos igual. Hoy tomamos un tren y sabemos el destino y cuánto va a tardar. En la antigüedad, quien emprendía un viaje no sabía qué le deparaba, se enfrentaba a una travesía llena de peligros e inclusive la muerte sería muy probable. Hoy tememos una catástrofe ecológica, pero antes se temían los peligros de tormentas, sequías o terremotos. Los índices de mortalidad infantil eran altísimos y muchos sufrían de enfermedades crónicas y epidemias. Lo que aumenta entonces es la complejidad del sistema, pero la incertidumbre no desaparece ni se incrementa, cambia.
Dormí sin frazada
Sabemos que la relación con los otros y la relación con el mundo no tiene fórmula, sería muy aburrido si la tuviera, si fueramos Alfas, Betas o Epsilones en "Un mundo feliz". Pero tampoco podemos vivir en un mundo de indeterminación, necesitamos confiar para afrontar esa incertidumbre. Todos sabemos que al subir una escalera no vamos a caer al infinito, que si prendemos la luz vamos a ver mejor, sin embargo no reflexionamos acerca de cuántos electrones están corriendo por los cables detrás de las paredes. Vamos al médico y sin cuestionarle demasiado tomamos los remedios que nos receta, no lo haríamos si tuviéramos en mente los errores que se cometen en los hospitales y en los quirófanos. Si tomamos un avión, la amabilidad de la tripulación nos hace permanecer en una calma tal como si estuviéramos deambulando por una verde pradera. Funciona así cada vez que alguien abre la canilla, manda una carta, hace un depósito en el banco, hace un llamado o manda un mail; hay una enorme área de acciones seguras y coordinadas que hacen posible la vida cotidiana. La confianza se aprende y se construye en el intercambio de información en el ambiente familiar y también en la relación con la información compartida con el mundo y la sociedad. Es una ilusión, pero al mismo tiempo busca su apoyo en datos objetivos. Las relaciones personales pueden contribuir a la confianza en la sinceridad y los sistemas abstractos como medios de comunicación con la verdad. Nos sumiríamos en una angustia existencial si nos preocupáramos las 24 horas del día sobre la posibilidad de riesgo, es por eso que hacemos un pacto de fiabilidad con la sociedad en la que vivimos.

¿Y entonces... en qué confiamos?
Mientras el mundo va tomando una apariencia más y más amenazante tendemos a encontrar distintas fórmulas para afrontar esta incertidumbre, y esto lo hacemos todos, necesitamos confiar en el mundo que construimos y en las personas. Pero cada uno elige su táctica, algunos convierten su vida en una interminable búsqueda de la salud y bienestar a través del cuidado físico, las dietas, la autoayuda. Otros toman posiciones adaptativas, "esto es un quilombo, que va’ hacer", se dedican a sobrevivir, creen que lo que está en el mundo exterior es un enmarañamiento imposible de solucionar, se quedan haciendo la plancha sintiendo la sensación de flotar, fabrican una balsa y permanecen en la superficie, conformándose apenas con tocar el agua. Otros toman la supuesta fatalidad con humor, se encierran en un pesimismo cínico y parodian la vida real que se dirige a un fin apocalíptico. Y los que creen en las utopías, se comprometen, ven los riesgos pero confían, se zambullen, van hasta el fondo, vuelven a subir, hacen olas en otra dirección, intentan nadar contra corriente.«

 
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LF08 pág. 06-07, 2003.
Material de consulta:

» Nicklas Luhman,

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