« La Flecha 07 | El Cuerpo
   
Maria Gutiérrez Pechemiel, info@diariolaflecha.org artículo 9 de 10
 
  ¿QUE MIRAS…  
  Seis millones de miradas, que existen y deambulan por la ciudad pero no se encuentran. En el colectivo estamos a medio centímetro uno de otro y las miradas ahí están haciendo malabares, rozando los vértices de los cuerpos para no encontrarse con los ojos del otro. En la facultad los profesores le hablan al infinito, pocas veces miran a cada uno o a alguno aunque sea. Entre nosotros, nos cruzamos en los pasillos con gente que se choca, que sube y baja, que intenta atravesar la corriente que viene en sentido contrario, y así tratamos de avanzar para llegar a tiempo a clase concentrados en la nuca del que está adelante. Y si nos llegamos a cruzar con alguien que cursa la misma materia, sin pensarlo se nos ocurre revisar los apuntes o leer algun cartel que esté cerca. En el ascensor miramos los números que indican en qué piso vamos, como si no supiéramos que viene el que sigue al que acabamos de pasar.
¿Será que nos molesta la mirada del otro o que nosotros no nos animamos a mirar? Quizás nos sentimos expuestos a que se vea algo que no mostramos. La mirada nos hace trasparentes, habla más allá de nuestras palabras. Cuando nos mira ese chico o esa chica, se activa el automático, sabemos que si nos llegamos a cruzar con sus ojos, inmediatamente va a aparecer un cartel luminoso en nuestra frente publicando lo que no queremos que se dé cuenta. La mirada tiene un no se qué, con ella podemos querer, podemos hacer sentir cómodo al otro, ponerle distancia, podemos persuadir, enternecer, disuadir, amenazar o preguntar. Un brillo en los ojos y la mirada atenta nos invita a quedarnos. La que es indiferente, en cambio, nos aleja. No es lo mismo mirar con desprecio o con admiración, aprobando o con indiferencia.
Pero hoy, todo está pensado para que nuestra mirada se transforme en una haz de luz que pasa y se va. Aprendemos a usar la mirada como un radar para movernos y desplazarnos por el mundo, detectamos lo que nos rodea para no tragarnos algo, vemos sin mirar. Con la mirada nos desnudamos frente al otro y el otro se desnuda frente a mí. No estamos acostumbrados a mirar a los ojos durante más de dos minutos. Intentá hacerlo con alguien que no es tan cercano, seguro que encontrás algo nuevo, quizás algo de esta persona que antes no conocias. Probá, vas a ver que algunas cosas empiezan a cambiar.«

 
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LF07 pág. 09, 2003.
 
 

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