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Las
marcas en su rostro, como la corteza de un
árbol, ponían en evidencia el
paso del tiempo. También las paredes
y los muebles de su casa, con excepción
de un ventilador de mesa que le habían
regalado. El ventilador, por noches y días
enteros funciona sin problema. El viejo siente
que con el viento de aquel artefacto que lo
acuna y lo protege del calor, cada noche su
descanso se hace más largo y más
profundo.
Se deja abrazar por la brisa que, al acariciar
su cuerpo desnudo, le permite apoderarse de
su sueño, del descanso, de su vida.
Él ignora el lento deterioro, la minuciosa
erosión que el ventilador le provoca,
pequeñas partículas de piel
que se mezclan con el aire para librarse de
la prisión corporal hasta dejar una
cama desnuda y un ventilador sin propósito.«
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| LF07 pág. 08,
2003. |
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