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18.45. Ayacucho y Bartolomé Mitre.
El sol está empezando a bajar, pero
la atmósfera pesada y húmeda
de este Buenos Aires caótico se siente
en la piel pegoteada de unas pocas cuadras
recorridas con prisa. Quería hacerle
unas preguntas a un taxista.
- A Santa Fé y Scalabrini Ortiz.
- ¿Por dónde voy, sigo por esta
o agarramos Arenales?
- Por el camino más corto –contesté,
esperando no ser paseada.
El reloj empieza a correr, siempre tocan los
eternos semáforos en rojo. La mirada
del hombre por el espejito retrovisor me intimida
y una cierta incomodidad me lleva a decir
algo para llenar el silencio.
- ¿Tuvo muchos viajes hoy?
- Y... algo se trabaja... igual no es gran
cosa, vos viste cómo está todo,
¿no?
Mientras me habla pasa a un Escort y le toca
una bocina cortita al que está adelante,
para que avance de una vez por todas.
- La gente no tiene un mango, viste, pero
bueno, algo se hace, depende la cantidad de
horas que le meta- dice girando la cabeza,
mirándome de reojo- Yo no sé
adonde vamos a terminar si seguimos así.
- Yo tampoco- pienso pero no lo digo.
Resultó ser Alberto. Casado, dos hijas,
53 años. Una vez más me mira
por el espejito.
- ¿Y vos qué me decís?
¿Sabés a quién vas a
votar o sos muy piba y todavía no podés
votar?- pregunta. Pero no siento que espere
una respuesta. Creo que me pregunta por preguntar,
bah, para seguir hablando él.
- Porque yo te digo algo, la mayoría
de los que suben acá no quiere votar
más, porque es más de lo mismo,
¿viste? El mismo perro con diferente
collar, lo que sabemos todos, porque eso es
la realidad, la realidad pura. El tema de
la política siempre sale en los viajes
porque siempre sale el factor económico.
Que están cansados, que están
cansados de trabajar, que están cansados
de correr, que están cansados de que
la plata no les alcance. De repente de los
temores que tiene la gente de perder el trabajo,
¿viste? Como todo se achica, entonces
te comentan “si, yo estoy acá
pero están echando personal”.
Un rosario blanco junto con una cintita roja
cuelgan del espejo. Alberto usa un anillo
plateado en el dedo chiquito y aparenta saber
de lo que habla. De las 24 horas que tiene
el día, 14 las pasa sentado ahí
arriba.
- Yo a los políticos los prendería
fuego a todos, te puedo asegurar. Tiene que
haber gente nueva. ¿Viste el famoso
“que se vayan todos”? Bueno, la
gente que sube al taxi piensa realmente así:
que se vayan todos. No quieren ver más
a los políticos y desde que tengo uso
de razón veo las mismas caras en distinto
lugar. Cuando no están de gobernador
de las provincia de Buenos Aires, están
de senadores, si no son senadores están
de diputados.
El tráfico de automóviles se
hace denso. Alberto gana un par de metros
haciendo unas maniobras con el volante.
-¿Sabés lo que pasa? Vos encontrás
una gama de políticos y de repente
no son todos iguales... hay políticos
buenos y políticos malos. Pero los
políticos buenos, llegado el momento
, suponete que lleguen a postularse y a tener
un nivel determinado en el que pueden manejar
algo, tampoco hacen nada, tampoco dicen nada.
Y si no dice nadan y no hacen nada, son tan
cómplices como el que lo hace. O sea
que a toda la gama política, hay que
quemarlos a todos.
19:10. Lo miro sin decir palabra.
- Bueno, son 4 con 96.
Aprieta el botoncito del reloj y se da vuelta,
pasando el brazo por la cabecera del asiento
del acompañante. Le pago con 10 y mientras
prepara el vuelto, comenta:
- Qué se le va hacer. Acá te
enseñan que el único que trabaja,
que es el pueblo, es el que se jode. Acá
si sos bueno, decente y trabajador sos un
pobre boludo – se guarda mis 4 centavos
y me devuelve 5 pesos.«
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| LF06 pág. 04,
2003. |
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