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JUVENTUD,
TELEVISION Y CULTURA. PARA QUIENES HOY SON jóvenes,
la televisión ya existía cuando vinieron
al mundo. La televisión, como otras innovaciones
técnicas, se les presentó como algo
natural. Se socializaron en un mundo en el cual
la TV ocupaba un lugar importante.
En cambio, quienes hoy somos mayores -a veces sus
profesores, o bien sus padres- crecimos en un mundo
en el que no había televisión. Esta
circunstancia permite algunas reflexiones que tienen
que ver con las diferencias culturales entre generaciones
y también sobre aspectos de la influencia
de los medios de comunicación, en especial
la TV, en los códigos de la cultura.
Para aquellos que nacieron entre 1975 y 1985, la
televisión fue un fenómeno significativo
desde la temprana infancia. La TV estaba entonces
ya bastante desarrollada en la Argentina, aunque
recién con el Mundial de Fútbol se
instaló en nuestro país la televisión
color. La TV era y es una presencia constante en
el hogar, estaba encendida durante muchas horas
y los niños y adolescentes vivían
expuestos a sus mensajes e influencia cotidiana.
Una primera observación, la televisión
forma sus televidentes. Sobre todo cuando su presencia
es importante desde la primera infancia. La TV tiene
una influencia socializadora e induce competencias
televisivas: o sea, no solamente inculca pericias
técnicas -los niños y jóvenes
dominan el control remoto, son hábiles con
los videojuegos, rápidos para apreciar elementos
de la imagen y para reconocer figuras del espectáculo-,
también va induciendo códigos culturales
que tienen que ver con la estética televisiva,
con los modos de apreciar y valorar, con los lenguajes
y el mundo simbólico, con las formas de procesar
el tiempo y el espacio.
Prácticas corrientes en la televisión:
discursos sencillos, la necesidad de entretener,
la conversión de todo en espectáculo,
el tiempo mínimo que concede para expresar
ideas, tienen su contraparte en los espectadores
constituidos por la propia televisión y adaptados
desde su infancia a los códigos predominantes.
Se iría configurando de este modo la "audiencia
perezosa" de la que habla Bourdieu.
La TV es una innovación técnica extraordinaria.
Nos trae al hogar infinidad de posibilidades: información,
entretenimientos, noticias, saberes. Sobre todo
incorpora el acceso al mundo de la imagen desde
el propio hogar. Antes la imagen era accesible con
el cine, y anteriormente, en el siglo pasado, sólo
con el dibujo o la pintura, la incipiente fotografía
y las precarias reproducciones podíamos acceder
a representaciones de la realidad.
En este plano, traigo a colación una reflexión
de Paul Virilio, la que apunta a señalar
que cada progreso técnico, cada nueva herramienta
nos brinda avances en algún sentido, pero
también la pérdida de alguna habilidad.
Virilio plantea que en el pasado, ante un relato
leído o escuchado, cada uno construía
sus propias imágenes correspondientes a lo
que era narrado, la gente "hacía el
cine en sus cabezas". Ahora, con la televisión
tan accesible, eso ya no es necesario: hay especialistas
que fabrican las imágenes por nosotros y
una capacidad de nuestra imaginación va claudicando.
La TV se ha convertido para muchos, y sobre todo
para los muy jóvenes, en una necesidad. Me
permito aquí traer un recuerdo personal.
En 1986 retornamos, mi familia y yo, de un prolongado
exilio en México. En el complicado proceso
de reinstalación en Buenos Aires, la TV tuvo
que demorar un poco su llegada al hogar. Esto causó
desazón en los más pequeños,
entonces de 12 y 13 años. El desexilio era
para ellos muy costoso, sin recuerdos personales
de Buenos Aires, retornaban a un planeta extraño.
Conservo la imagen de una ocasión en que,
un poco en broma, un poco en serio, se sentaron
frente al visor de la máquina de lavar jugando
a que estaban viendo televisión.
Quienes nacimos y crecimos cuando la televisión
no existía, desarrollamos otras prácticas.
Había que buscar entretenimiento, fuga o
ensueño en la lectura o, cuando se podía,
en el cine. La época propiciaba otras experiencias
y formas de interacción.
Cada generación surge y se desarrolla en
una cultura diferente. Hay distancias infranqueables
entre las generaciones, aunque se hable el mismo
idioma y se viva con los mismos objetos. La cultura
cambia constantemente, y cada generación
incorpora con naturalidad los códigos del
momento en que se socializa: condiciona así
sus percepciones, sus afectos, sus gustos, sus modos
de ver el mundo.
Participamos de la misma época, espacios
y problemas, pero en muchos aspectos circulamos
paralelos por la misma ciudad, compartiendo los
signos, distanciados en los significados.«
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LF05 pág. 08, 2002.
*Mario Margulis es Lic. en Sociología. Profesor
Consulto de la Facultad de Ciencias Sociales(UBA) a cargo
de la cátedra Sociología de la cultura.
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