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ERA
UN COMPAÑERO DE LABURO. Digo, es. Interesante:
serio, pero simpático, responsable,
muy trabajador, y de pelo cortito, caballero,
respetuoso y encima, para alegría de
mis viejos, estudia... Desde que yo había
entrado al trabajo era el que más me
copaba. Así que no dudé ni un
instante en responder cuando me preguntó:
- ¿Qué hacés esta noche?
- Nada... la verdad es que no planeé
nada porque resulta que una de mis amigas...
- ¿Salís conmigo?
- ¡SI!
La emoción fue mucha y se notó,
pero no me preocupé. Pensé:
al final siempre se quejan porque no les demostramos
nada. Así que reivindiqué al
gremio.
Me arreglé como todos los viernes.
Los fines de semana son ocasiones especiales,
por lo cual puse todo mi esmero en no parecer
la oficinista que soy de lunes a viernes.
A las 11 llegó. Tocó el portero.
Tardé un poco para hacerme esperar
(en realidad sólo fueron tres minutos.
No era cuestión de que se cansara).
Cuando llegué al hall del edificio
e intenté meter la llave en la puerta
no lo conseguí. No es que tenga mal
pulso pero mis ojos no creían lo que
tenían enfrente. El chico que siempre
aparecía en la oficina de camisita
y jean ahora estaba íntegramente de
negro, con un buzo de ACDC y zapatillas todas
sucias. Logré abrir. Seguía
atónita y más cuando vi el cinturón
con tachas. Lo saludé y casi caigo
ahí mismo del olor a cerveza. Debe
haber notado mi mareo porque se escudó
diciendo: hice tiempo con unos amigos. Y atrás
de esa frase agregó: Vamo ´a
un lugar que te va a encantar.
No entendía nada, pero después
de todo no me era tan dramático. Era
extraño pero iba a ser una buena anécdota.
Además, el que no arriesga no gana...
Mientras pensaba eso lo miraba y le sonreía,
y en una de esas levantadas de mi cabeza vi
que tenía un aro. Un falso-aro. Me
preguntaba por qué lo usaba esa noche.
Seguimos caminando y terminamos en un bar.
Oscuro, pero por esa noche zafaba. Cuando
entramos me dijo: no, acá no, es abajo.
Qué??? Fuimos al subsuelo en donde
había una banda que tocaba todo de
Green Day. Para qué contar lo bien
que la pasé...
La experiencia fue algo traumática.
Pero como un golpe no es caída acepté,
al tiempo, una invitación de un compañero
de la facu. Pensé: es estudiante de
Derecho, lo veo casi todos los días
en la facultad. Además como si fuera
poco hemos hecho algunos trabajos en el bar,
así que también lo conozco afuera
del ambiente facultativo. Es tímido,
calladito, siempre anda con algún amigo
pero no más. Siempre de traje y hasta
el último botón cerrado. Así
que no me podía llevar una sorpresa.
Quedamos en encontrarnos en un boliche donde
él iba a estar desde temprano. Yo me
fui bien arreglada. Llegué. Lo busqué.
Tardé en encontrarlo. Lo tenía
parado enfrente pero no lo reconocía.
Digamos que era pero no era. Peinado con gel,
pelo bien parado, remera y jean ajustado.
Una cadenita de oro. Rodeado de chicos y chicas
que se reían todo el tiempo. Cuando
me acerqué me presentó a los
gritos y después nos fuimos a la pista;
desde ya que a bailar cada uno por su lado
porque bailaba marcha a 100 x hora y yo ni
podía ni tenía intenciones de
seguirlo. Y como para que la noche fuera redondita
me llevó a casa en auto con la música
a todo volumen (y obviamente, vidrios polarizados).
Cuando tiempo después recibí
la invitación de un chico del barrio,
pensé en probar qué se sentía
al cambiar tanto para una salida; me imaginaba
que podría tener algo de interesante,
asi que lo decidí sin más análisis.
A las 20 empezó la producción.
Para arrancar me di cuenta de que evidentemente
tenía que sorprenderlo. Así
que busqué la pollera más corta
que tenía (y que debe existir en el
mundo): el clásico "cinturón
ancho". En invierno son necesarias las
medias para abrigarse, así que me puse
unas tramadas que en realidad no sé
si abrigaban mucho debido a los agujeros que
las caracterizan. Para ver qué ponerme
arriba me había tomado el trabajo de
recorrer unos cuantos negocios. Según
lo que las vidrieras ofrecían esa remera
bien ajustada y cortita (tanto de abajo como
de arriba) no podían fallar. Mi pensamiento
fue: "si está en todos lados por
algo es". Así que sin dudarlo
pagué y esa noche me la puse. Lo del
pelo era sencillo, lo arreglé con una
vincha (ancha como mi pollera) y un batido
que me hizo mi hermana (a quien recordé
con cariño a la hora de desenredarme
la pelambre). Dejé para el final lo
mejor: el maquillaje (revoque, como le dicen
los que no entienden nada). Los ojos de celeste,
purpurina por toda la cara, unas estrellitas
pegadas en el final de los ojos, bastante
rubor y para terminar los labios de rosa y
con mucho brillo.
Me miré en el espejo. Vueltita. Costaba
reconocerme, la verdad.
23.30. Portero. Nervios. Última mirada
en el espejo. Salí caminando a paso
rápido. Bajé del ascensor, caminé
hacia la puerta. Giré la llave y lo
miré.
Mis ojos no podían creer lo que veían.
Él estaba igual. Igual que todos los
días y Yo era la Otra. Completamente
distinta. Bajé, caminé hasta
la vereda y lo saludé. Todavía
no podía creer que él fuera
el mismo de siempre. Y creo que él
tampoco entendió nada porque se acercó,
me saludó, me comentó algo del
escote y se fue.«
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| LF04 pág. 09,
2002. |
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