Las marcas nos investigan, nos analizan,
se fijan cuáles son nuestros gustos,
nuestras necesidades,
invierten tiempo y dinero para conocer cómo
somos y qué queremos. Nos meten en
estadísticas,
nos descuartizan el comportamiento, y si
las abandonamos nos hacen la autopsia
para saber por qué razón ya
no pertenecemos a su universo.
YO SIEMPRE PENSÉ QUE UNA MARCA ERA
UN LOGOTIPO o un símbolo, pero lo
que los gurúes del tema sostienen
me dejó algo sorprendido: “Una
marca es una promesa…”(1) .
“Una marca propone valores con los
cuales sus consumidores se identifican"(2).
Los libros de la materia están llenos
de frases olímpicas como éstas,
y para fundamentar sus teorías aparecen
decenas de ejemplos: "Nike no es sólo
una zapatilla: es rebeldía, juventud
ganadora, deporte al máximo”,
BMW no es un auto, “es prestigio,
audacia, vivir la vida con todo”;
Organics “le dá vida a tu pelo”,
con American Express pertenecés a
algo privilegiado, y así.
Lo cierto es que los ejemplos me parecieron
ridículos: ¿quién se
cree que por comprar una remera con un bichito
cosido a la izquierda es distinto a los
demás? Y con las zapatillas…
¿qué pasa cuando me las pongo?
¿Soy más alto?, ¿Más
rubio? ¿Más lindo? ¿Más
ganador? ¿Tengo más minas?
¿Salto como Jordan? ¿Juego
al Golf como Tiger? ¿Le pego como
la Brujita?… y… no. ¿No?
Pero… por otro lado… si una
zapatilla fuera sólo una zapatilla,
¿por qué sería capaz
de pagar por ella 5 veces más que
por otra de marca menos “cool”?.
Jean Noel Kapferer, un prestigioso especialista
en la materia, dice: “Las marcas ayudan
a los consumidores a construir su identidad
y a mostrarse a los demás como quieren
ser”(3). ¡Con razón!
El sobreprecio es por el ahorro del psiquiatra,
pensé. Me reí para adentro
porque supuse que el verso era tan burdo
que nadie se lo podía tragar, pero
a medida que leía los casos, veía
las estadísticas y las participaciones
de mercado de las marcas más famosas,
me daba cuenta de que hay demasiado billete
en juego como para decir pavadas. Me miré
a mí mismo y a las marcas con las
que me rodeo. Mi primera reacción
fue justificar las compras por su calidad,
performance, doble acción, etcétera;
pero cuando pensé por cuáles
marcas las reemplazaría me sentí
raro… como que no eran para mí.
¡Aaaaachalay! ¡¡¡Por
ahí debe venir la cosa!!!
En mi interior yo sé que lo que me
dicen son exageraciones, a veces gruesas
mentiras y sin embargo… ¿Cómo
es posible que de esto no se salve casi
nadie? Porque en la villa me matarían
para sacarme las zapatillas y en Recoleta
me mirarían con cara de mal olor
si no uso un “___”. Debo admitir
que tengo un costado racional y otro, más
debilucho, que busca mostrarse a través
de las cosas que compra, pero... también
encuentra eco en los demás. Porque
si unos son capaces de matarme y otros de
basurearme es porque para ellos eso también
debe ser valioso, también debe significar
algo parecido al “orgullo de pertenecer”.
¿Cómo? La verdad es que no
lo tengo tan claro pero encontré
un dato: en 1998 las grandes marcas invirtieron
U$S 435 mil millones de dólares en
publicidad (4), o sea 3 veces más
que la deuda externa Argentina. Una cifra
escalofriante. Imagínense: esa cantidad
de plata… ¡¡¡transformada
en argumentos de venta!!!
¿Para convencer a quiénes?
¿Para convencerme de qué?
Probablemente, para que cuando compre esa
camisa, la vea no sólo como una camisa
sino también como la posibilidad
de convertirme en un americano elegante
que juega al polo y está dispuesto
a poner grue$o$ billetes para intentar la
infructuosa mutación.
Revisé las palabras olímpicas:
“valores” y “promesas”
e inmediatamente imaginé personas.
A esos sustantivos los asocio con personas
de carne y hueso, nunca con logotipos. Sin
embargo detrás de las marcas hay
personas: presidentes, gerentes, empleados
o sea un montón de hombres que a
través de ellas se comunican con
otros hombres. Corporaciones con clientes…
una relación. Y para que una relación
sea clara, honesta y fructífera no
debería haber mentiras, engaños,
traiciones ni abusos.
No dudo de que muchas marcas entregan productos
de calidad, mejoran la vida de los consumidores
y proponen una “promesa” honesta;
se comprometen con la gente que forma parte
de su propia organización y con los
habitantes de los lugares donde operan.
Pero cuando hay una “sobre promesa”…
eso ya es distinto; a eso algunos del barrio
le decían lisa y llanamente "mentira".
Entonces imaginé una fantasía:
me gustaría que algún día
los consumidores estudiemos las marcas y
a las empresas que hay detrás de
ellas casi tanto como ellos nos estudian
a nosotros. Al fin y al cabo pienso que
la plata que gano con mi trabajo es una
recompensa a mi buen desempeño, por
lo tanto creo que la plata que gasto debería
tener el mismo destino: recompensar el buen
trabajo de otro en vez de comprar el humo
que larga tanto billete quemado en avisos.
(1) Construyendo Marcas Fuertes, David A.
Aaker. Ediciones Gestión 2000, Madrid.
(2)Idem nota1
(3) Strategic Brand Management, Jean Noel
Kapferer. Kogan Page, Londres.
(4) Informe sobre el Desarrollo Humano de
la Naciones Unidas, 1998.
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