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Valeria Vincent, info@diariolaflecha.org artículo 2 de 8
 
  ¿¡Pasarla Bien!?  
 

FRENÁ UN POCO... necesito que pensemos este tema ya... y como la cuestión es importante voy a ir al grano. A lo largo de la historia, las distintas concepciones del mundo y del hombre han guiado las acciones de las personas y su manera de pensar. El mundo europeo del siglo XVI puso a Dios como centro de todo, por sobre todas las cosas. La revolución liberal desplazó esa escala de valores y colocó al Hombre, la Razón y el Progreso en el lugar de Dios.
Hoy, la llamada cultura posmoderna en la que estamos inmersos no nos plantea ni Dios, ni Razón, ni Progreso, sino que muy prepotentemente nos invita a buscar el placer y el bienestar todo el tiempo, a costa de lo que sea. Es la cultura del “todo bien”, del “hacé lo que sientas”, del “pasarla bien”. ¿Te suena?
La fórmula es muy simple: la “felicidad” se busca en todo aquello que te da placer y, por lo tanto, lo que cuesta sacrificio y esfuerzo pareciera que no te hace una persona feliz.
Y esto, dejando de ser fórmula, se expresa claramente en situaciones cotidianas. Muchas veces en las reuniones o encuentros con amigos se habla de nada. Siempre las típicas frases, los típicos diálogos, los típicos temas. Nada que vaya más allá de lo “normal”, de lo que se percibe a simple vista. Y cuando se habla de nada se habla de los demás (sin un verdadero interés), de gente famosa y conocida, de tal programa de televisión, en muchos casos de pavadas que no nos hagan pensar demasiado en nuestros problemas o en cosas más profundas y serias. Lo importante es estar “divertidos”. Los sufrimientos, el dolor, las equivocaciones, los disgustos, la incomodidad no se permiten. El estandarte de “pasarla bien” nos empuja (u obliga?) a tapar todo aquello que nos duele, nos hace sufrir o nos preocupa.

- Che, así que te peleaste con tu novio... no lo puedo creer... después de tres años y medio... ¿qué pasó?
- Ni me hagas acordar. Me enteré de que estuvo con una mina el sábado. Te imaginás a donde lo mandé... encima ¿sabés lo que me dijo? “Y bueno... se dió. ¡Pero te juro que yo te amo sólo a vos!”
- Noooo... la verdad que a mí nunca me cayó bien ese pibe. Es un tarado, no se merece ni siquiera que te pongas mal por él. No vale la pena.
- Vero tiene razón. Ya sé que lo querés, pero tampoco te vas a deprimir por un hombre, che! Tengo una idea: hoy a la noche nos alegramos con unos tragos, vamos a bailar y listo.
- Además vos sos divina... ¡quien te dice que esta noche no te transás a alguien!
Esta estúpida supremacía del “sentirme bien” no sólo justifica el hacer el mal a otros, sino que a veces termina por distorsionar –lo cual es peor todavía- el hacer el bien. Muchas veces ayudamos a otros si y sólo si lo sentimos (por ejemplo, dar ropa a un pobre o ayudar a un mendigo con un par de monedas). En realidad, nos tranquiliza la conciencia y por un instante nos creemos casi la Madre Teresa. Sin embargo seguimos con la mirada en nosotros mismos, y no en otro. La otra persona pasa a ser un “instrumento” que me viene al pelo para sentirme bien yo. Podría ser una persona, como podría ser ir al gimnasio, o comer mi comida preferida.
Esto no es casual. Es la mentalidad que “respiramos” sin darnos cuenta. Digo respiramos porque no es algo demasiado explícito, sino más bien algo encubierto, disfrazado. Y nos matamos por alcanzar cualquier cosa que nos simplifique la existencia, que nos dé más comodidad y placer. Porque nos convencieron y nos la creímos que vivir así es vivir feliz.
Y... ¿después? Date cuenta de que no comemos perdices, aunque nos tragamos el cuento.

“El hombre moderno piensa que pierde algo - el tiempo - cuando no hace las cosas rápido; sin embargo no sabe qué hacer con el tiempo que gana excepto matarlo.” Erich Fromm.«

 
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LF02 pág. 04, 2002.
 
 

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