FRENÁ
UN POCO... necesito que pensemos este tema
ya... y como la cuestión es importante
voy a ir al grano. A lo largo de la historia,
las distintas concepciones del mundo y del
hombre han guiado las acciones de las personas
y su manera de pensar. El mundo europeo
del siglo XVI puso a Dios como centro de
todo, por sobre todas las cosas. La revolución
liberal desplazó esa escala de valores
y colocó al Hombre, la Razón
y el Progreso en el lugar de Dios.
Hoy, la llamada cultura posmoderna en la
que estamos inmersos no nos plantea ni Dios,
ni Razón, ni Progreso, sino que muy
prepotentemente nos invita a buscar el placer
y el bienestar todo el tiempo, a costa de
lo que sea. Es la cultura del “todo
bien”, del “hacé lo que
sientas”, del “pasarla bien”.
¿Te suena?
La fórmula es muy simple: la “felicidad”
se busca en todo aquello que te da placer
y, por lo tanto, lo que cuesta sacrificio
y esfuerzo pareciera que no te hace una
persona feliz.
Y esto, dejando de ser fórmula, se
expresa claramente en situaciones cotidianas.
Muchas veces en las reuniones o encuentros
con amigos se habla de nada. Siempre las
típicas frases, los típicos
diálogos, los típicos temas.
Nada que vaya más allá de
lo “normal”, de lo que se percibe
a simple vista. Y cuando se habla de nada
se habla de los demás (sin un verdadero
interés), de gente famosa y conocida,
de tal programa de televisión, en
muchos casos de pavadas que no nos hagan
pensar demasiado en nuestros problemas o
en cosas más profundas y serias.
Lo importante es estar “divertidos”.
Los sufrimientos, el dolor, las equivocaciones,
los disgustos, la incomodidad no se permiten.
El estandarte de “pasarla bien”
nos empuja (u obliga?) a tapar todo aquello
que nos duele, nos hace sufrir o nos preocupa.
- Che, así que te peleaste con tu
novio... no lo puedo creer... después
de tres años y medio... ¿qué
pasó?
- Ni me hagas acordar. Me enteré
de que estuvo con una mina el sábado.
Te imaginás a donde lo mandé...
encima ¿sabés lo que me dijo?
“Y bueno... se dió. ¡Pero
te juro que yo te amo sólo a vos!”
- Noooo... la verdad que a mí nunca
me cayó bien ese pibe. Es un tarado,
no se merece ni siquiera que te pongas mal
por él. No vale la pena.
- Vero tiene razón. Ya sé
que lo querés, pero tampoco te vas
a deprimir por un hombre, che! Tengo una
idea: hoy a la noche nos alegramos con unos
tragos, vamos a bailar y listo.
- Además vos sos divina... ¡quien
te dice que esta noche no te transás
a alguien!
Esta estúpida supremacía del
“sentirme bien” no sólo
justifica el hacer el mal a otros, sino
que a veces termina por distorsionar –lo
cual es peor todavía- el hacer el
bien. Muchas veces ayudamos a otros si y
sólo si lo sentimos (por ejemplo,
dar ropa a un pobre o ayudar a un mendigo
con un par de monedas). En realidad, nos
tranquiliza la conciencia y por un instante
nos creemos casi la Madre Teresa. Sin embargo
seguimos con la mirada en nosotros mismos,
y no en otro. La otra persona pasa a ser
un “instrumento” que me viene
al pelo para sentirme bien yo. Podría
ser una persona, como podría ser
ir al gimnasio, o comer mi comida preferida.
Esto no es casual. Es la mentalidad que
“respiramos” sin darnos cuenta.
Digo respiramos porque no es algo demasiado
explícito, sino más bien algo
encubierto, disfrazado. Y nos matamos por
alcanzar cualquier cosa que nos simplifique
la existencia, que nos dé más
comodidad y placer. Porque nos convencieron
y nos la creímos que vivir así
es vivir feliz.
Y... ¿después? Date cuenta
de que no comemos perdices, aunque nos tragamos
el cuento.
“El hombre moderno piensa que
pierde algo - el tiempo - cuando no hace
las cosas rápido; sin embargo no
sabe qué hacer con el tiempo que
gana excepto matarlo.” Erich Fromm.«
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