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Facundo Montes, facundom@diariolaflecha.org artículo 6 de 6
 
  Mar Adentro  
  SALÍS A LA CALLE y caminás por Florida o cualquier otra calle porteña… cosa de todos los días. Sin pensar mucho, te cruzás gente que se viste de distintos modos, hablan, se ríen, gritan o cantan. Uno mendiga, otro trata de vender y, quizás sin esperar mucho, ves a algún otro robando.
De un vistazo, te encontrás con gente de diferentes edades, niños que corren, grupos de jóvenes con distintas ondas, adultos preocupados y ancianos que avanzan lentamente. Algunos van solos, otros en pareja...
En esta simple observación, descubrimos algo que llama la atención: de una manera u otra, todos se relacionan.
No podríamos vivir solos. Toda persona siempre depende de unos y es requerido por otros: ama, discute, dialoga o compite, pero siempre en relación con los demás. Fijate que relacionarnos es algo que nos caracteriza. Esto lo comprobamos con la tristeza que produce estar solos y, por el contrario, la alegría que experimentamos cada vez que hay un encuentro con amigos, familiares, o que alguien se pone de novio.
Pero descubrimos también una paradoja: si bien hay mucha gente en la ciudad y todos muy “juntos”, un gran porcentaje se siente igualmente solo. Muchas veces, en medio del tumulto y las actividades, se esconden experiencias muy duras o difíciles, que se lloran en soledad. Y avanzo más todavía: pasa también que, en ocasiones, aunque se esté rodeado de gente, de ruido y hasta cuando se está con quienes hay mucha confianza, igual uno siente que falta algo. Podríamos decir que hay algo en nosotros que nadie lo llena…
Esta necesidad de “algo” más nos hace tomar contacto con la debilidad de nuestra existencia, nos muestra que no todo lo podemos y entonces buscamos más allá. Sin decirlo, muchas veces en lo secreto, se recurre a alguien muy diferente, que resulta ser un desconocido o ignorado hasta que lo necesitamos… Dios.
Llegamos bastante lejos. ¿Te animás a seguir?

Este “Otro” con mayúscula ¿dónde está? ¿quién es? ¿existe? ¿tiene algo que ver en la vida de los hombres?
En esta Argentina “católica” puede pasar que, de chico, te hayan hablado de Dios hasta el cansancio o que, por el contrario, jamás hayas escuchado mucho de Él.
En la calle algunos dicen: “algo debe existir”, pero siguen viviendo como si nada.
Si te gusta el cine, habrás visto muchas películas relacionadas con el tema, sobre espíritus o sobre la vida después de la muerte.
Quizás en el colegio, cuando hablaron del origen del mundo alguno sacó la Biblia y discutió apoyándose en que “la Iglesia dice…”, pero un compañero era de otra religión y ahí se complicó más. A propósito de religiones, quizás terminando el colegio viste la gran variedad que hay y te preguntaste ¿cuál es la verdadera?
Y, como si esto fuera poco, en la Universidad comenzaste a leer algunos autores. Engels con su filosofía que afirma que no existe más que la materia, infinita en el espacio y en el tiempo, eterna e indestructible, todo es materia y Dios queda anulado por completo. O leíste a Freud, quien dice que la libido sexual es la fuerza que anima y produce todos los aspectos de la vida y por lo tanto la actividad humana, como la religiosa, sería el resultado “secundario” de los procesos de inhibición y de sublimación de los instintos vitales.
Pero de un Dios verdadero y una relación con Él... ni hablar.
Para rematar, con todo lo que está pasando hoy en el mundo, la poca fe que podías tener sufrió tantos atentados que ya casi nada queda.
Sin embargo, podés seguir preguntándote, sortear estas dificultades y continuar. De hecho, todas las culturas del mundo buscaron a Dios… está inscrito en nuestra naturaleza.
Dirás que es muy difícil todo esto… que ya pensaste demasiado y que, haber llegado hasta acá, ya es mucho.
¿Cuál es la solución a esta pregunta por alguien tan grande y distinto?
Sin duda la actitud más fácil es dejar la pregunta por Él en un cajón, descartar el tema…
Más vale vivir el momento, pasarla bien, quizás algún día, o cuando me muera, entenderé todas estas cosas. ¿Para qué “quemarme la cabeza” con una pregunta incontestable?… En definitiva, ¿quién tiene la verdad?
¡No! ¡Pará, no cierres el diario! ¡No pases la hoja! Abandonar ahora es lo peor que podés hacer. Ya sé que no todo es evidente y fácil, pero si te rendís te perdés algo muy importante.
¿Cómo se hace para buscarlo?
Te pongo un ejemplo:
¿Quién de estas personas conoció el mar?
¿Aquel que sentado en la playa tranquilamente mira, opina, hace hipótesis de la fuerza de las olas, de la temperatura del agua, de la profundidad que tiene el mar o lo que sea; o más bien aquel otro que se anima a meterse al agua y conocer cómo es el mar nadando, en medio de las olas, siendo arrollado por ellas, tragando agua salada, haciendo la plancha o buceando en sus profundidades?
No se llega a mucho aventurando teorías sobre Dios. La única manera de encontrarlo es preguntarle a Él, pedirle que te hable, gritarle y animarte a buscarlo…
Estate atento porque meterte al agua quizá no sólo sea una decisión tuya, sino que este “Otro” te puede estar llamando y Él mismo te ayude a encontrarlo. No sería raro que aproveche esta situación y algunas olas lleguen y mojen tus pies.«

 
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LF01 pág. 09, 2001.
 
 

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