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SALÍS
A LA CALLE y caminás por Florida o
cualquier otra calle porteña…
cosa de todos los días. Sin pensar
mucho, te cruzás gente que se viste
de distintos modos, hablan, se ríen,
gritan o cantan. Uno mendiga, otro trata de
vender y, quizás sin esperar mucho,
ves a algún otro robando.
De un vistazo, te encontrás con gente
de diferentes edades, niños que corren,
grupos de jóvenes con distintas ondas,
adultos preocupados y ancianos que avanzan
lentamente. Algunos van solos, otros en pareja...
En esta simple observación, descubrimos
algo que llama la atención: de una
manera u otra, todos se relacionan.
No podríamos vivir solos. Toda persona
siempre depende de unos y es requerido por
otros: ama, discute, dialoga o compite, pero
siempre en relación con los demás.
Fijate que relacionarnos es algo que nos caracteriza.
Esto lo comprobamos con la tristeza que produce
estar solos y, por el contrario, la alegría
que experimentamos cada vez que hay un encuentro
con amigos, familiares, o que alguien se pone
de novio.
Pero descubrimos también una paradoja:
si bien hay mucha gente en la ciudad y todos
muy “juntos”, un gran porcentaje
se siente igualmente solo. Muchas veces, en
medio del tumulto y las actividades, se esconden
experiencias muy duras o difíciles,
que se lloran en soledad. Y avanzo más
todavía: pasa también que, en
ocasiones, aunque se esté rodeado de
gente, de ruido y hasta cuando se está
con quienes hay mucha confianza, igual uno
siente que falta algo. Podríamos decir
que hay algo en nosotros que nadie lo llena…
Esta necesidad de “algo” más
nos hace tomar contacto con la debilidad de
nuestra existencia, nos muestra que no todo
lo podemos y entonces buscamos más
allá. Sin decirlo, muchas veces en
lo secreto, se recurre a alguien muy diferente,
que resulta ser un desconocido o ignorado
hasta que lo necesitamos… Dios.
Llegamos bastante lejos. ¿Te animás
a seguir?
Este “Otro” con mayúscula
¿dónde está? ¿quién
es? ¿existe? ¿tiene algo que
ver en la vida de los hombres?
En esta Argentina “católica”
puede pasar que, de chico, te hayan hablado
de Dios hasta el cansancio o que, por el contrario,
jamás hayas escuchado mucho de Él.
En la calle algunos dicen: “algo debe
existir”, pero siguen viviendo como
si nada.
Si te gusta el cine, habrás visto muchas
películas relacionadas con el tema,
sobre espíritus o sobre la vida después
de la muerte.
Quizás en el colegio, cuando hablaron
del origen del mundo alguno sacó la
Biblia y discutió apoyándose
en que “la Iglesia dice…”,
pero un compañero era de otra religión
y ahí se complicó más.
A propósito de religiones, quizás
terminando el colegio viste la gran variedad
que hay y te preguntaste ¿cuál
es la verdadera?
Y, como si esto fuera poco, en la Universidad
comenzaste a leer algunos autores. Engels
con su filosofía que afirma que no
existe más que la materia, infinita
en el espacio y en el tiempo, eterna e indestructible,
todo es materia y Dios queda anulado por completo.
O leíste a Freud, quien dice que la
libido sexual es la fuerza que anima y produce
todos los aspectos de la vida y por lo tanto
la actividad humana, como la religiosa, sería
el resultado “secundario” de los
procesos de inhibición y de sublimación
de los instintos vitales.
Pero de un Dios verdadero y una relación
con Él... ni hablar.
Para rematar, con todo lo que está
pasando hoy en el mundo, la poca fe que podías
tener sufrió tantos atentados que ya
casi nada queda.
Sin embargo, podés seguir preguntándote,
sortear estas dificultades y continuar. De
hecho, todas las culturas del mundo buscaron
a Dios… está inscrito en nuestra
naturaleza.
Dirás que es muy difícil todo
esto… que ya pensaste demasiado y que,
haber llegado hasta acá, ya es mucho.
¿Cuál es la solución
a esta pregunta por alguien tan grande y distinto?
Sin duda la actitud más fácil
es dejar la pregunta por Él en un cajón,
descartar el tema…
Más vale vivir el momento, pasarla
bien, quizás algún día,
o cuando me muera, entenderé todas
estas cosas. ¿Para qué “quemarme
la cabeza” con una pregunta incontestable?…
En definitiva, ¿quién tiene
la verdad? ¡No! ¡Pará,
no cierres el diario! ¡No pases la hoja!
Abandonar ahora es lo peor que podés
hacer. Ya sé que no todo es evidente
y fácil, pero si te rendís te
perdés algo muy importante. ¿Cómo
se hace para buscarlo?
Te pongo un ejemplo: ¿Quién
de estas personas conoció el mar?
¿Aquel que sentado en la playa tranquilamente
mira, opina, hace hipótesis de la fuerza
de las olas, de la temperatura del agua, de
la profundidad que tiene el mar o lo que sea;
o más bien aquel otro que se anima
a meterse al agua y conocer cómo es
el mar nadando, en medio de las olas, siendo
arrollado por ellas, tragando agua salada,
haciendo la plancha o buceando en sus profundidades?
No se llega a mucho aventurando teorías
sobre Dios. La única manera de encontrarlo
es preguntarle a Él, pedirle que te
hable, gritarle y animarte a buscarlo…
Estate atento porque meterte al agua quizá
no sólo sea una decisión tuya,
sino que este “Otro” te puede
estar llamando y Él mismo te ayude
a encontrarlo. No sería raro que aproveche
esta situación y algunas olas lleguen
y mojen tus pies.«
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| LF01 pág. 09,
2001. |
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