« La Flecha 01 | Los Otros
   
Facundo Montes, facundom@diariolaflecha.org artículo 4 de 6
 
  LOS OTROS  
  HACE UN MONTÓN DE TIEMPO que vengo escuchando “hacé la tuya”, “date el gusto”, “la vida es corta”. No sé porqué, pero parece como que hay alguien que nos quiere convencer de aflojar con nuestra dependencia por los demás. Parece como si este flaco se hubiera compadecido de nosotros y nos impulsara a ser libres, a dejar de sufrir de una vez por todas, a parar de hacer las cosas que no nos gustan.

El otro día me puse a reflexionar acerca de la seguidilla de consejos que, desde medios radiales, televisivos y publicitarios me impulsan a conseguir la tan ansiada rebelión por mi ultra libertad. Lo primero que pensé fue: “Bueno, en el fondo tienen razón. Después de todo a quién le gusta cargar por todos lados con la mochila de sentirse responsable por el progreso de toda una nación. Suficiente con los esfuerzos que hago por modificar las injusticias sociales de mi país, no puedo estar en todo. Estoy harto de visitar enfermos y presos en las cárceles. Basta de salir a la calle a dar de comer a esa gente que anda abandonada por allí... al fin y al cabo, lo único que hacen es esperar tirados a que yo llegue.”

¡¡¡MOMENTO!!!

Dos minutos después de haber hecho esta catarsis, después de haber gritado: “¡Aflojen muchachos, que el físico es mío!”, me di cuenta que yo no hago nada de eso, es más, ni siquiera voto (la última vez, lo hice en blanco).

Entâo?

¡Qué bárbaro! ¡Me piden que haga la mía cuando en realidad jamás hice la de otro! Entonces… ¿cuál estaba haciendo?, ¿por qué será que me aconsejan esto?

Creo que la respuesta es bastante más fácil de lo que uno cree. Voy a teorizar. El hombre siempre luchó entre ser individual y ser comunitario. De hecho, hasta hace unos 10 años, el mundo estaba dividido entre el individualismo (capitalismo) y el colectivismo (comunismo), y nos veníamos peleando por esto hace ya más de 90 años. Pero… ¿y si somos las dos cosas?

Nadie puede resolver cosas por mí, pero tampoco puedo prescindir de ayuda. No puedo ser número 9 si no tengo un 8 o un 5 que me la pase. Tampoco voy a servir mucho en mi vida si hago todo lo que los demás me dicen. Pero entre hacer la mía y ser un irresponsable hay bastante paño en el medio.

Nuestro entorno, manejado en gran parte por los medios de comunicación, es sumamente propenso a los extremos y le encanta hacernos creer que tenemos que rebotar de un exceso a otro, si tomás… hacelo con todo, si ganás plata… no menos que Bill Gates, si salís con minas… disfrutá de una poligamia sin compromisos, hoy es un día clave para los mercados, y así con todo, a fondo, al máximo, de canillita a campeón, sin grises, sin límites y a mucha velocidad (cosa de no quedar afuera, vió?). La razón por la cual estamos petardeados por recursos publicitarios extremos es la necesidad de llamar nuestra atención (¡estamos tan sobresaturados!). Cuando leemos avisos o comerciales, el mensaje intenta llevarnos a situaciones de fantasías límite. Y estas situaciones son, como bien dije, de fantasía y hasta humorísticas, pero lo que queda, la sensación, es la inquietud de que mi comportamiento no debería estar muy alejado de lo que acabo de ver.
¿No es eso locura? ¡Siempre hay límites!

- ¡No me gustan los límites!
- ¡Pero los hay! A fondo y sin límites… te mataste!

¿Cómo te matás haciendo la tuya? Creyendo que no dependés de nadie y que no tenés responsabilidades.

Por un momento, me puse a pensar en mis amigos, y con ellos tengo responsabilidades: ¿los abandonaría?… ¿le daría la espalda a sus problemas?, ¿me negaría a dar un consejo?, ¿sería tan insensible como para que sus frustraciones no me afecten?

- ¡NI LOCO!
- … ¿Pero no era que los demás son una mochila?
- Sí, ¡pero mis amigos no son los demás!
- ¿Cuál es la diferencia?
- y... a mis amigos los CONOZCO!

Entonces… quiere decir… que si conociera a los demás, los trataría como a mis amigos?

¿Por qué pienso que soy tan distinto a los demás? ¿Por qué creo que, si yo tengo problemas o excusas, el de enfrente no los tiene también? Es curioso, pero hasta que no me “meto” en la piel del otro, no lo entiendo. Y no es por falta de inteligencia, es por falta de capacidad de proyección. Es muy difícil “meterme” en el otro. Por muchos motivos: porque la velocidad de todos los días me impide echar una mirada tranquila, porque las cosas que escucho me hacen desconfiado, porque al no conocer al de enfrente no sé si lo que me dice es cierto o no, etc. Se me ocurre que somos mucho más propensos a sentir compasión o simpatía por aquellos que conocemos. Es por eso que uno por sus amigos está dispuesto a dar de más. Entonces, una buena dosis de “inocente hasta que se demuestre lo contrario” nos puede ayudar a mirar al “otro” sin preconceptos. Es bueno ponerse del otro lado. Ese “alguien” al que considero indiferentemente como un “otro” soy también yo mismo para los demás. Si sólo nos diéramos cuenta de que nada de lo que hago pasa sin dejar rastro, sin causar su efecto…

El otro día cuando salí de casa me propuse algo: ver la cantidad de cosas que podía hacer porque hubo una gran cantidad de “otros” que antes hicieron algo para que hoy yo pudiera hacer lo que estaba haciendo, y no hay caso… en esta sociedad individualista todos dependemos de todos… aunque no se note.

_____________________________

Escribiendo sin "U"
puedo hablar hasta el cansancio de mí,
de lo mío, del yo,
de lo que tengo, de lo que me pertenece...
Hasta puedo escribir de él,
de ellos y de los otros.
Pero sin "U"
no puedo hablar de ustedes,
del tú,
de lo vuestro.
No puedo hablar de lo suyo,
de lo tuyo,
ni siquiera de lo nuestro.
Así me pasa...
A veces pierdo la "U"...
y dejo de poder hablarte,
pensarte, amarte, decirte.
Sin "U", yo me quedo pero tú desapareces...
Y sin poder nombrarte,
¿cómo podría disfrutarte?

Jorge Bucay
"Cuentos para pensar"
Editorial del Nuevo Extremo 1998.«

 
  arriba »  
ver todos los artículos »  
LF01 pág. 06-07, 2001.
 
 

» ver extras de esta edición