|
| |
| |
HACE
UN MONTÓN DE TIEMPO que vengo escuchando
“hacé la tuya”, “date
el gusto”, “la vida es corta”.
No sé porqué, pero parece como
que hay alguien que nos quiere convencer de
aflojar con nuestra dependencia por los demás.
Parece como si este flaco se hubiera compadecido
de nosotros y nos impulsara a ser libres,
a dejar de sufrir de una vez por todas, a
parar de hacer las cosas que no nos gustan.
El otro día me puse a reflexionar acerca
de la seguidilla de consejos que, desde medios
radiales, televisivos y publicitarios me impulsan
a conseguir la tan ansiada rebelión
por mi ultra libertad. Lo primero que pensé
fue: “Bueno, en el fondo tienen razón.
Después de todo a quién le gusta
cargar por todos lados con la mochila de sentirse
responsable por el progreso de toda una nación.
Suficiente con los esfuerzos que hago por
modificar las injusticias sociales de mi país,
no puedo estar en todo. Estoy harto de visitar
enfermos y presos en las cárceles.
Basta de salir a la calle a dar de comer a
esa gente que anda abandonada por allí...
al fin y al cabo, lo único que hacen
es esperar tirados a que yo llegue.”
¡¡¡MOMENTO!!!
Dos minutos después de haber hecho
esta catarsis, después de haber gritado:
“¡Aflojen muchachos, que el físico
es mío!”, me di cuenta que yo
no hago nada de eso, es más, ni siquiera
voto (la última vez, lo hice en blanco).
Entâo? ¡Qué bárbaro!
¡Me piden que haga la mía cuando
en realidad jamás hice la de otro!
Entonces… ¿cuál estaba
haciendo?, ¿por qué será
que me aconsejan esto?
Creo que la respuesta es bastante más
fácil de lo que uno cree. Voy a teorizar.
El hombre siempre luchó entre ser individual
y ser comunitario. De hecho, hasta hace unos
10 años, el mundo estaba dividido entre
el individualismo (capitalismo) y el colectivismo
(comunismo), y nos veníamos peleando
por esto hace ya más de 90 años.
Pero… ¿y si somos las dos cosas?
Nadie puede resolver cosas por mí,
pero tampoco puedo prescindir de ayuda. No
puedo ser número 9 si no tengo un 8
o un 5 que me la pase. Tampoco voy a servir
mucho en mi vida si hago todo lo que los demás
me dicen. Pero entre hacer la mía y
ser un irresponsable hay bastante paño
en el medio.
Nuestro entorno, manejado en gran parte por
los medios de comunicación, es sumamente
propenso a los extremos y le encanta hacernos
creer que tenemos que rebotar de un exceso
a otro, si tomás… hacelo con
todo, si ganás plata… no menos
que Bill Gates, si salís con minas…
disfrutá de una poligamia sin compromisos,
hoy es un día clave para los mercados,
y así con todo, a fondo, al máximo,
de canillita a campeón, sin grises,
sin límites y a mucha velocidad (cosa
de no quedar afuera, vió?). La razón
por la cual estamos petardeados por recursos
publicitarios extremos es la necesidad de
llamar nuestra atención (¡estamos
tan sobresaturados!). Cuando leemos avisos
o comerciales, el mensaje intenta llevarnos
a situaciones de fantasías límite.
Y estas situaciones son, como bien dije, de
fantasía y hasta humorísticas,
pero lo que queda, la sensación, es
la inquietud de que mi comportamiento no debería
estar muy alejado de lo que acabo de ver.
¿No es eso locura? ¡Siempre
hay límites!
- ¡No me gustan los límites!
- ¡Pero los hay! A fondo y sin límites…
te mataste! ¿Cómo te
matás haciendo la tuya? Creyendo que
no dependés de nadie y que no tenés
responsabilidades.
Por un momento, me puse a pensar en mis amigos,
y con ellos tengo responsabilidades: ¿los
abandonaría?… ¿le daría
la espalda a sus problemas?, ¿me negaría
a dar un consejo?, ¿sería tan
insensible como para que sus frustraciones
no me afecten?
- ¡NI LOCO!
- … ¿Pero no era que los demás
son una mochila?
- Sí, ¡pero mis amigos no son
los demás!
- ¿Cuál es la diferencia?
- y... a mis amigos los CONOZCO!
Entonces… quiere decir… que si
conociera a los demás, los trataría
como a mis amigos? ¿Por qué
pienso que soy tan distinto a los demás?
¿Por qué creo que, si yo tengo
problemas o excusas, el de enfrente no los
tiene también? Es curioso, pero hasta
que no me “meto” en la piel del
otro, no lo entiendo. Y no es por falta de
inteligencia, es por falta de capacidad de
proyección. Es muy difícil “meterme”
en el otro. Por muchos motivos: porque la
velocidad de todos los días me impide
echar una mirada tranquila, porque las cosas
que escucho me hacen desconfiado, porque al
no conocer al de enfrente no sé si
lo que me dice es cierto o no, etc. Se me
ocurre que somos mucho más propensos
a sentir compasión o simpatía
por aquellos que conocemos. Es por eso que
uno por sus amigos está dispuesto a
dar de más. Entonces, una buena dosis
de “inocente hasta que se demuestre
lo contrario” nos puede ayudar a mirar
al “otro” sin preconceptos. Es
bueno ponerse del otro lado. Ese “alguien”
al que considero indiferentemente como un
“otro” soy también yo mismo
para los demás. Si sólo nos
diéramos cuenta de que nada de lo que
hago pasa sin dejar rastro, sin causar su
efecto…
El otro día cuando salí de casa
me propuse algo: ver la cantidad de cosas
que podía hacer porque hubo una gran
cantidad de “otros” que antes
hicieron algo para que hoy yo pudiera hacer
lo que estaba haciendo, y no hay caso…
en esta sociedad individualista todos dependemos
de todos… aunque no se note.
_____________________________
Escribiendo sin "U"
puedo hablar hasta el cansancio de mí,
de lo mío, del yo,
de lo que tengo, de lo que me pertenece...
Hasta puedo escribir de él,
de ellos y de los otros.
Pero sin "U"
no puedo hablar de ustedes,
del tú,
de lo vuestro.
No puedo hablar de lo suyo,
de lo tuyo,
ni siquiera de lo nuestro.
Así me pasa...
A veces pierdo la "U"...
y dejo de poder hablarte,
pensarte, amarte, decirte.
Sin "U", yo me quedo pero tú
desapareces...
Y sin poder nombrarte, ¿cómo
podría disfrutarte?
Jorge Bucay "Cuentos para pensar"
Editorial del Nuevo Extremo 1998.«
|
|
|
|
|
|
|
 |
| LF01 pág. 06-07,
2001. |
|
|